El denominado de San Mauro revela un culto ancestral
11 oct 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Llegados a este punto pasamos a tratar de los sepulcros existentes en el atrio de la iglesia parroquial de Barcia (Lalín, Pontevedra) que por su singularidad son merecedores de la mayor atención. Están situados a la izquierda y muy cercanos al muro de cierre. Únicos restos visibles de la necrópolis medieval de la que formaron parte. Son dos sepulcros contiguos de hueco antropomorfo, con orientación al naciente dispuestos en paralelo al templo. El más cercano dista de la sacristía 6,30 metros.
De este tipo de sepulturas exentas, comenta Ángel de la Iglesia, se encuentran también en otras muchas iglesias de construcción moderna «pero seguramente emplazadas de nuevo en los mismos lugares donde en otro tiempo se levantaron las antiguas» como ocurre en Barcia (Lalín) que cita este autor, y reitera Manuel Núñez Rodríguez, de la Universidad de Santiago.
Forma antropomorfa
Los sartegos de Barcia se hallan enterrados hasta el borde y sin laudas. Sus interiores siguen los contornos simplificados del cuerpo. La primera sepultura tiene el cabezal, o hueco tallado en la piedra para alojar la cabeza, con la clásica forma de herradura. Las dimensiones del arco son: 20 centímetros de cuerda y 32,5 de flecha. El tamaño para albergar la cabeza de un adulto resulta un poco angosto. Basándonos en la premisa de que los sarcófagos se hacían a medida, la persona inhumada debía ser de cráneo dolicocéfalo (alargado) y tener estatura alta. Es un hecho constatado en osteología que la dolicocefalia se acentúa a medida que la talla se eleva. El asiento de la cabeza está labrado en declive, con la finalidad de mantener elevada la parte más noble de cuerpo humano, a la que se le atribuía el poder especial de residencia de la vida desde la época paleolítica. Resultando que cuando se esqueletice, mantenga la situación centrada y deseablemente vertical. De este modo, dada la orientación en las comunidades cristianas, quedase mirando hacia Oriente, al naciente del sol y el origen de la vida.
Las dimensiones interiores (expresadas todas en centímetros) son: longitud 217; ancho en la cabecera 64; en los pies 40. La particularidad más destacable es que todo el fondo de la cama sepulcral se halla tallado en rampa ascendente desde los pies, cuya altura es de 40, hasta la zona de la cabecera que es de 30. Hay factores que nos inducen a conjeturar que pudo ser «sepultura dotada». Por disponer de un profundo espacio sobrante tal vez reservado para reunir la huesa o las cenizas de la anterior inhumación.
La segunda sepultura -que llaman de San Mauro- el semicírculo que forma la cabeza es algo más ancho, 23 x 24 (cráneo braquicéfalo, redondeado) y las dimensiones un poco más reducidas. Largo 214; ancho cabecera 53. En los pies la anchura no es accesible, por estar la tumba cubierta hasta más de la mitad por una gruesa losa granítica.
El sepulcro se halla parcialmente cubierto con una losa de forma rectangular que se halla descentrada y fragmentada por un extremo. Su longitud máxima es de 175 x 98 y 16,3 de grueso. Sobre la superficie presenta un trazado de cinco líneas paralelas equidistantes en el sentido de la longitud de la pieza, enmarcadas por igual trazado. Como hipótesis pudiera tratarse de la caja del renglón preparada para recoger un largo texto epigráfico, que es obvio no llegó a realizarse.
La piedra plana actúa como pesado basamento sobre la que se levanta un pedestal para la cruz.
El pedestal de soporte para la cruz es monolítico de forma cilíndrica, semejante al fuste de una columna, o parte de ella. Por su situación, señalando al exterior una sepultura, recuerda el cipo romano, como lo hacía la estela y el ara, aunque en el sarcófago de Barcia, con la cruz implantada encima, evoca a primera vista la imagen de miliarios romanos que fueron cristianizados coronándolos con la cruz. Sus medidas son: 112 de alto y 114 de circunferencia. El extremo inferior encaja en un alojamiento de la losa, retacado con cuñas de piedra ferreña.
Epígrafe en latín
Ocupando toda la longitud del cilindro existe una inscripción epigráfica de cuidada factura, realizada en genuinos caracteres capitales con letras mayúsculas de forma rectilínea y de módulo uniforme (12 cm.). El texto ocupa 103 centímetros y está redactado en latín delimitado por líneas paralelas que recorren el largo de la pieza. Su estado de conservación es bueno, presentando escasa abrasión. Debido a la colonización de líquenes se hizo un calco para la visualización detallada del texto.
Una de las sepulturas mantiene siempre agua
Según don Juan Carlos Rivas Fernández, distinguido investigador del Museo Arqueológico Provincial de Ourense, Grupo Marcelo Macías, autor de destacados trabajos científicos sobre el período romano y prerrománico, «la inscripción no es romana ni medieval, y su datación puede alcanzar como máximo cuatro siglos de antigüedad. En cuanto a su autoría debió ser mandada hacer por persona erudita conocedora de la lengua latina, posiblemente perteneciente al Orden Sacro». Apunta así mismo que el texto pudiera ser más largo originariamente, y su posible relación con los restos de inscripciones que se hallan en tres piedras dispersas que forman parte de los muros de la iglesia.
La primera palabra que aparece grabada en la columna esta abreviada, indicando la omisión mediante uno de los signos generales de abreviación consistente en un trazo horizontal colocado encima. Sobre este signo existe otro más corto poco perceptible. Las dos letras de que se compone están enlazadas. En la palabra TEMPLVM las dos últimas letras comparten trazo común, también enlazadas. El texto se halla escrito sin diferenciación de espacios.
Debido a las peculiares características paleográficas de la palabra abreviada, la traducción del mensaje epigráfico no está definitivamente resuelta. Si la abreviatura fuese Titulum, por testamento (legavit), diría: EL TEMPLO ES LEGADO (por testamento). (Museo de Pontevedra). Al estar escrita sobre pieza exenta, fácilmente transportable, desconocemos si la inscripción está relacionada directamente con la sepultura.
Cruz de santificación
En la parte superior del pedestal hay un orificio cilíndrico utilizado para encastrar la cruz, que es latina (crux capitata), de piedra de 90 centímetros de altura y ebrancada, representada por troncos con las ramas cortadas de las que quedan visibles los muñones, modelo naturalista que estuvo en auge en el renacimiento. Deducimos que el alojamiento no fue hecho para esta cruz.
Según el testimonio de gentes del lugar, la sepultura llamada de San Mauro «es la que tiene la losa encima y la cruz, y el agua de su interior nunca se seca, al contrario de su vecina».
Es un hecho constatado que esta sepultura se halla siempre con agua no llegando nunca a secar completamente, guardando al menos humedad en tiempos de grandes sequías. Cuentan los mayores que si se limpia y achica con un paño escurrido, vuelve a recuperar de agua. Este efecto de entrada de agua sin explicación aparente, fue considerado en la antigüedad como un hecho milagroso y el agua se creía poseedora de efectos curativos contra diversas dolencias articulares y males ulcerosos. Hoy se sabe que es debido a un fenómeno poco frecuente de capilaridad.
Siguiendo fuentes orales de la misma vecindad el primitivo ritual consistía en «introducirse completamente dentro de la sepultura», por inmersión, aunque los lavatorios de partes del cuerpo afectadas se convertiría en la practica más común. Pudiera responder a la cristianización de un lugar de culto pagano. En este caso además de ser marcado el objeto de pertenencia con la cruz, fue reforzado con el nombre de un santo -San Mauro, del que al parecer existió capilla- quedando de este modo suplantado el anterior culto.
Es un hecho conocido que muchas de las creencias campesinas en la Edad Media tenían sus orígenes en la época precristiana. Entre las prácticas de culto se encontraba las aguas estancadas -como recoge Vicente Risco- a las que se le atribuían propiedades curativas desde la más remota antigüedad, siendo frecuente en Galicia el uso de agua de lluvia retenida en pilas naturales, cazoletas o pequeñas concavidades semiesféricas de roquedales (coviñas).
Sobre este particular de las aguas estancadas, bien en cazoletas o corgos, naturales o artificiales, no podemos dejar de mencionar la llamada Pedra das Anduriñas en esta misma parroquia de San Esteban de Barcia. Según Florentino L. Cuevillas y Rui de Serpa Pinto datan de la Edad del Hierro. De la piedra de Barcia textualmente dicen: «Había corgos cobertos por laxes de un grande tamaño, que costou maquialas».
Ante lo expuesto cabe preguntarnos si la pervivencia en este lugar de creencias primitivas paganas relacionadas con las aguas estancadas pudiera guardar conexión con las prácticas de culto en las sepulturas antropomorfas de Barcia. Valgan estas páginas como inicial toma de contacto de una temática merecedora de un exhaustivo trabajo de investigación.