El Candán reclama su aldea robada

La naturaleza va ganando terreno a las ruinas en el pueblo abandonado de Grobas


a estrada

crónica del techo de forcarei a la ciudad fantasma

No es el techo de la provincia, pero casi. A pocos metros bajo el cielo y a 1.017 de altitud sobre el nivel del mar está el alto de San Benito, en plena Serra do Candán. Inhóspito e inquietante, el escenario le echa en cara al intruso su ridícula insignificancia. Quizás por eso fue elegido para levantar la ermita que da nombre al lugar. Cuenta la leyenda que una docena de monjes blancos franceses eligieron el recóndito paraje como asentamiento previo a la fundación del cercano monasterio de Aciveiro. No hay pruebas documentales. Lo único innegable son las hileras de piedras que aún se conservan de una capilla primitiva. La mitología contemporánea sostiene que la minúscula construcción fue desmontada piedra a piedra a principios del siglo XX. Esa historia es menos mística: Jóvenes de Forcarei y Lalín utilizaron la mampostería como arma arrojadiza en una pelea campal sin respeto al territorio sagrado.

Aún sin capilla, el alto continuó siendo escenario durante décadas de una romería de San Benito que arrastraba hasta la cima a una procesión de fieles en tractores. De aquella espiritualidad hoy solo quedan una cruz recortada contra el cielo y una estructura pelada de madera colocada como recuerdo simbólico de la ermita benedictina.

Hace unos años, la construcción del parque eólico del Candán embistió contra la virginidad de la sierra. Acercó la vecina aldea de Grobas a la civilización, pero lo hizo décadas después de que la última familia hubiese abandonado su casa. Antes, el vial más cercano estaba a cinco kilómetros por empinados senderos. Ahora, la pista que conduce al último aerogenerador deja al intruso a un paseo. La aldea se esconde con efecto barroco en una depresión entre el alto de San Benito y el Monte Coco. Tras una pendiente pedregosa surge de la nada. Un día hubo hornos de pan humeantes, frutales de todo tipo y próspero comercio de carbón y estaño. Pero el asfalto y la luz nunca llegaron y la población abandonó en los setenta el espacio robado a la naturaleza. Hoy la vegetación recupera terreno. Solo quedan ruinas, silencio y alguna vaca fantasmagórica rumiando el sendero.

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