Tengo un espejo en mi habitación que dicen que adelgaza. La verdad es que es bastante estrecho. Igual es por eso. Igual. Pero hace tiempo que no me preocupo por el peso. Eso solo me pasaba cuando trabajaba en Lalín y mi dieta pasó a estar basada en el cerdo y todos sus derivados. Un mes, llegué a comerme veinte cocidos entre comidas y cenas. Hubo incluso un día en el que comí y cené cocido. Pero aquellos tiempos pasaron. Confieso que los espejos no me gustan. Me inquietan. Estás tan acostumbrado a no verte, que enfrentarte de repente a tu propia imagen asusta. Es cómo oír tu voz grabada. No la reconoces. Te suena fatal. A veces pasa lo mismo con tu imagen. Te miras, clavas tus ojos en tu propio rostro y ves a un extraño. No te reconoces. Y no es porque te hayan salido más canas, ni porque estés más gordo o más delgado. No son las arruguitas que empiezan a florecer por los ojos y la frente. No es eso. Es más allá. Cuando te miras a un espejo corres el riesgo de no reconocer tu mirada. Y te quedas ahí mirándote, con el agua de haberte lavado aún corriéndote por las mejillas. Cuando eso te pasa, es para echarse a temblar, porque la felicidad plena es levantarte por la mañana, pararte frente al espejo y reconocer al tipo que sale ahí reflejado.