Daniel Iglesias: «La clave para el biometano es que el entorno vea beneficios y no molestias»

j. b. LALÍN / LA VOZ

AGOLADA

El dezano, director de la planta de biogás Biogastur en Navia, cree que para un concello rural este tipo de instalación supone una oportunidad

18 ene 2026 . Actualizado a las 08:39 h.

Las gestiones encaminadas a la consecución de terrenos en Agolada para instalar una planta de biometano ha puesto sobre la mesa en Deza los pros y contras de este tipo de instalaciones. Desde una plataforma vecinal abogan por impedir la materialización del proyecto. Pero, ¿qué supone contar con este tipo de complejos y cómo funcionan? Daniel Iglesias (A Bandeira, 1978) dirige desde hace seis años una de las plantas de biogás pioneras en España, Biogastur. Ubicada en Navia, pertenece a Central Lechera Asturiana.

—Conoce a la perfección la realidad agroganadera gallega y acumula seis años de experiencia al frente de una de las plantas de biogás de referencia en España. ¿Cuál es su opinión sobre el despliegue y el potencial del biometano en Galicia?

—Galicia tiene un potencial enorme para la expansión del sector del biometano porque reúne tres condiciones que no son tan habituales en una misma región: es una comunidad con densidad ganadera elevada, atesora gran tradición agroalimentaria y necesita soluciones estables y sostenibles para gestionar adecuadamente los purines. Las explotaciones ganaderas tienen poca base territorial asociada, en comparación con otras comunidades, y por eso necesitan buscar una fórmula eficaz y medioambientalmente responsable para gestionar los excedentes de purín, ajustándose a las directrices europeas de la economía circular. Por tanto, el recorrido del sector es enorme, si bien va a estar condicionado por la red de gas existente, que todavía está poco ramificada y capilarizada en el territorio. Respecto al despliegue del sector, creo que tras algún planteamiento inicial erróneo, se está orientando adecuadamente hacia un modelo de plantas de biometano de capacidad media o dimensión comarcal. Un modelo basado en macroplantas implicaría un transporte excesivo de la materia prima, mientras que un modelo de microplantas tampoco funcionaría por cuatro razones: las plantas de biometano monogranja no tienen la escala suficiente para ser rentables, los ganaderos no disponen de capacidad económica para afrontar la inversión requerida, tampoco tienen conocimiento técnico necesario para operarlas y, además, resultaría inviable para la Administración controlar un territorio con miles de microplantas. Cada ganadero tendría su modus operandi y eso sería muy difícil de supervisar.

—Desde su punto de vista, para un concello eminentemente rural, ¿la llegada de una planta de biometano es un problema o una oportunidad?

—Para un ayuntamiento rural, la instalación de una planta de biometano es una oportunidad, sin duda. Como cualquier instalación industrial, es obvio que va a tener cierto impacto, pero creo que las ventajas superan con creces a los inconvenientes. La clave para impulsar el desarrollo del sector del biometano es que el entorno vea el beneficio, no solo molestias. Y no me refiero solo a los cuantiosos ingresos que supone la construcción de una planta para la Administración Local a través del Impuesto de Construcciones, Instalaciones y Obras (ICIO) o del Impuesto de Actividades Económicas (IAE), sino de la actividad económica que se genera alrededor. Una planta de biometano no solo reactiva la economía local durante las obras de construcción, sino que crea puestos de trabajo cualificados y estables, ayuda a asentar población y genera un nuevo ecosistema empresarial en el entorno durante toda su vida operativa: restaurantes, gasolineras, transportistas, talleres, etc.

—¿Y para los ganaderos?

—Son los principales beneficiados, porque las plantas de biometano les permiten gestionar de una forma adecuada y sostenible los excedentes de purín, cumpliendo con la normativa europea y garantizándose que podrán seguir optando a fondos comunitarios. Estamos acostumbrados a ver como con frecuencia se hace un uso irracional, por no decir ilegal, de los excedentes de purín debido a la necesidad de vaciar las fosas: sobredosis de purín en parcelas, vertidos en épocas inadecuadas, saturación de zonas con nitratos, etc. La instalación de una planta de biometano permite profesionalizar la gestión de los residuos y reduce la incertidumbre del ganadero ante posibles cambios regulatorios.

—¿Resulta apetecible la comarca de Deza para acoger este tipo de instalación?

—Principalmente, porque es una de las cuatro zonas ganaderas por excelencia de Galicia, en la que hay una alta concentración de explotaciones de vacuno, porcino y avícola, con escasa superficie asociada a esas explotaciones para la aplicación de los purines que se generan. Esto significa que hay materia prima disponible y un problema real de gestión del purín que requiere soluciones modernas. Además, la comarca tiene un tejido profesional de granjas y servicios que puede integrarse bien en una cadena de suministro ordenada.

Reflexión sobre malos olores y sobre el transporte pesado, que genera riqueza

Daniel Iglesias insiste en que este tipo de complejos utilizan cada vez mejores tecnologías para reducir las afecciones. Y se pone como ejemplo para garantizar ese mensaje tranquilizador a la población: «Lo dice alguien que trabaja en una planta de biogás y cuya casa familiar está a un kilómetro de otra planta de biogás».

Respecto al principal impacto que podría suponer una instalación industrial como una planta de biometano argumenta: «Los sectores críticos acostumbran a poner el acento en los malos olores, pero desde mi punto de vista, si hablamos de plantas diseñadas y operadas correctamente, esas críticas carecen de rigor, porque se trabaja con recepción cerrada de los purines, ventilación controlada y tratamiento del aire». Además, resalta el director dezano de la planta de Biogastur en Navia, «el proceso de generación del biometano capta las sustancias volátiles que tienen los purines, por lo que el digestato resultante siempre va a tener una intensidad olorífica mucho menor a la del purín original. Es decir, huele bastante peor una finca en la que actualmente se vierte purín, algo muy común todavía, o cualquier explotación ganadera de vacuno, porcino o avícola que una planta de biometano».

Iglesias solo pone el acento, sobre el principal impacto que puede suponer la instalación de una planta de biometano, en el hecho de que «si es una zona muy tranquila, va a haber tráfico de medios de transporte. Pero claro, ese tráfico de vehículos también genera riqueza porque los camioneros comen, echan combustible,… y, además, se reduce el tránsito de tractores con cisternas de purín».

«Nadie debería dudar de que la tramitación de estos proyectos es estricta y garantista»

—En Agolada hay revuelo social importante al trascender la posible instalación de una planta de biometano. ¿Está justificado?

—Desconozco en qué fase se encuentra la tramitación, si es que está iniciada, pero es comprensible que cuando un proyecto industrial aterriza en una zona rural se genere cierta inquietud. Normalmente, la rumorología va por delante de los trámites y lo lógico es que los promotores empiecen a aportar información cuando ya tienen el proyecto definido, no a partir de supuestos e intenciones. En todo caso, lo que creo que no ayuda es disparar desde trincheras ni entrar en debates ideológicos. Nadie debería dudar de que la tramitación de estos proyectos industriales es sumamente estricta y garantista.

—Usted tiene raíces familiares en ese municipio y asistió como público a la charla convocada por la plataforma Stop Biometano Agolada en diciembre. ¿Cómo valora lo que se dijo allí?

—Efectivamente, mi familia paterna era natural de Agolada y todavía mantenemos alguna propiedad en la zona. Por otra parte, como profesional del sector del biogás, creo que siempre es bueno escuchar a todas las partes para tener una visión más completa y para sacar conclusiones más certeras y veraces. En la charla de diciembre percibí que hay una preocupación legítima, tanto en Agolada como en municipios limítrofes, y eso merece mi total respeto. Pero eché en falta más pluralidad, porque allí solo habló una de las partes y, por tanto, considero que se ofreció una visión incompleta, además de compartir algunas opiniones personales sin la suficiente precisión. Se trasladó un discurso bastante alarmista, pero nadie dijo que en Deza ya hay cuatro plantas de biogás, tres de las cuales siguen funcionando, alguna desde hace 15 años y alguna bastante próxima a núcleos de población. Y son ejemplos reales y cercanos en los que no se aprecian muchas de las cosas que se dijeron en la charla.

—¿Qué le diría a las personas que a día de hoy temen o desconfían de esta tecnología?

—La tecnología del biogás y del biometano no es ningún experimento. Se trata de una tecnología completamente madura y testada desde hace más de medio siglo en Centroeuropa, posteriormente en Francia y más recientemente en Italia. Además, es una tecnología que sigue evolucionado y optimizándose para maximizar los beneficios y reducir las afecciones, así que por esa parte pueden estar completamente tranquilas.