Violencia o estilo de vida

Annie Sánchez

A ESTRADA

La violencia no empieza con un golpe. Tampoco con una amenaza. Mucho antes de convertirse en una acción, la violencia es una forma de interpretar el mundo. Durante décadas, psicólogos, antropólogos y sociólogos han estudiado cómo el entorno moldea la conducta humana. Investigadores como Albert Bandura, Bessel van der Kolk, Philippe Bourgois o Nancy Scheper-Hughes llegaron a una conclusión inquietante: cuando una persona crece rodeada de violencia aprende a convivir con ella y considerarla normal. La violencia deja de ser una excepción para convertirse en una herramienta.

Los estudios sobre entornos de conflicto permanente muestran un patrón repetido, cuando desde la infancia se vive bajo amenaza constante, el cerebro adapta sus mecanismos de supervivencia. La prioridad deja de ser la convivencia y pasa a ser la protección inmediata. Cuando desde el nacimiento tenemos que actuar con sentido de urgencia y miedo por nuestra vida, el trauma y el pánico terminan influyendo en la toma de decisiones.

En esas circunstancias, la integridad física propia y ajena pierde valor relativo. La resolución del conflicto deja de centrarse en encontrar una solución y comienza a centrarse en eliminar una amenaza. Dicho de forma sencilla: donde unos ven una discusión, otros ven una cuestión de supervivencia; por eso se observan diferencias importantes entre jóvenes socializados en entornos de convivencia y jóvenes acostumbrados a la violencia.

Los primeros suelen confiar en que existen límites compartidos. Esperan que una pelea termine antes de provocar daños irreparables. Creen que las normas, la comunidad o las instituciones acabarán interviniendo. Los segundos han aprendido algo diferente. Han aprendido que las normas pueden no existir, que la ayuda puede no llegar y que la única garantía de supervivencia es imponerse antes de que lo haga el otro. Donde uno daría una bofetada, otro puede dar una puñalada. Donde uno busca terminar una discusión, otro busca asegurar que el conflicto no vuelva a repetirse.

La antropología lleva años advirtiendo de que la violencia continuada modifica la percepción moral de las personas. No se trata únicamente de distinguir entre el bien y el mal. Se trata de algo más profundo: perder progresivamente la idea del bien común.

Cuando la supervivencia domina todos los aspectos de la vida, la cooperación deja paso al instinto. La confianza se sustituye por la sospecha. La comunidad se sustituye por la autoprotección. Y ahí aparece uno de los grandes desafíos de las sociedades desarrolladas.

Las democracias modernas se construyeron sobre la confianza en las instituciones. La mayoría de los ciudadanos no resuelven sus conflictos mediante la fuerza porque esperan que existan leyes, jueces, policías y normas capaces de hacerlo por ellos; esa es precisamente su fortaleza.

Pero también puede convertirse en una vulnerabilidad cuando aparecen formas de violencia que no respetan esos límites. Las sociedades civilizadas no están diseñadas para competir en brutalidad. No están preparadas para ganar una escalada permanente de violencia callejera porque sus ciudadanos, afortunadamente, no están dispuestos a cruzar determinados límites.

Y no deberían estarlo, por eso la respuesta no puede recaer sobre el individuo.

La responsabilidad corresponde a las instituciones del Estado, cuya función principal es garantizar que la violencia nunca se convierta en una estrategia rentable. El verdadero debate no consiste en elegir entre dureza o empatía. Consiste en decidir qué estamos protegiendo.

Porque la falsa empatía que ignora las consecuencias de la violencia termina abandonando a las víctimas. Y una sociedad que renuncia a defender el bien común acaba descubriendo demasiado tarde que la convivencia también necesita protección.

La lección que nos dejan décadas de investigación es sencilla: la violencia no nace únicamente de las personas, también nace de los entornos. Y cuando una sociedad permite que esos entornos prosperen, la violencia deja de ser un problema individual para convertirse en una forma de entender la vida.