El Museo Reimóndez Portela lleva cerrado once de sus 25 años de vida

Rocío García Martínez
rocío garcía A ESTRADA / LA VOZ

A ESTRADA

MARCOS MÍGUEZ

La reforma de calado del edificio está lista pero las obras menores aún pendientes

22 ene 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Pese a los miles de euros invertidos en la remodelación de edificio, el Museo do Pobo Estradense Manuel Reimóndez Portela continúa cerrado a cal y canto. Este año se cumplirá un cuarto de siglo desde su estreno. Si no se toman medidas, será un aniversario agridulce, ya que el edificio ya lleva casi tantos años cerrado como abierto.

El museo, acondicionado en el rehabilitado edificio del antiguo matadero municipal, abrió sus puertas el 11 de mayo de 1995 con una exposición de pintura del artista vigués afincado en A Estrada Ángel Lemos. La inauguración de la muestra -que incluía 42 obras del reconocido pintor- fue el primer acto social que acogió la sala y contó, entre otras autoridades, con la presencia de Laxeiro.

La sala volvió a llenarse de vida en 1999 con una irrepetible muestra de arte sacro impulsada por la Asociación Fillos e Amigos da Estrada en la que se consiguió sacar de los templos y mostrar al público general la extraordinaria riqueza artística que encierran las iglesias locales.

A partir de ahí la sala estuvo funcionando como museo etnográfico en el que se podían descubrir múltiples curiosidades. Como una escuela de los años cincuenta con sus pupitres, pizarras y mapas o una cómoda y dos mesillas del dormitorio estradense de Castelao y Virginia Pereira, de la que además se conservan dos trajes, uno de ellos de luto, que vistió cuando falleció su esposo. Una maqueta del Concello realizada por el propio Manuel Reimóndez Portela, otra del Pazo de Oca, antiguos aperos de labranza, un histórico escudo de A Estrada y varios cuadros de autores locales son otras de las valiosas piezas que en su día pudieron verse junto a miles de fotografías antiguas que muestran cómo era y cómo fue cambiando la villa desde finales del siglo XIX.

Las visitas -al menos las concertadas- pudieron disfrutarse hasta hace algo más de una década. En el 2009 el museo se cerró al público para acometer una reforma y, pese a las promesas repetidas año tras año, nunca más reabrió. En aquella reforma se dividió el interior en dos plantas -para aprovechar la altura del inmueble y ganar espacio expositivo- y se cambiaron las ventanas para evitar filtraciones. Se anunció la reapertura de la sala, pero poco después se detectaron problemas en la cubierta. Esta se había renovado en los años 90 con un taller de empleo, pero las vigas fueron encastradas directamente en la pared y, con la humedad, se fueron deteriorando y acabaron por desplazar la cubierta.

A principios del 2019 quedaron concluidas las obras de reposición de la cubierta. El gobierno anunció entonces que lo único que quedaba pendiente para poder reabrir el museo eran «retoques menores». Ha pasado un año desde entonces y aquellos retoques -imprescindibles para la conservación de los fondos y para la reapertura de la sala- siguen sin llegar. Es preciso corregir las filtraciones de agua en la pared que mira al callejón de la parte sur, instalar iluminación en las dos salas laterales inferiores y dotar al recinto de interruptores, ya que en la actualidad solo hay un registro general de luces. Urge también sellar las ventanas de madera para evitar filtraciones y pintar las paredes con pintura hidrófuga que evite que se humedezca, sobre todo en las zonas en las que antaño hubo sal almacenada. La reparación de los baños y el acondicionamiento del jardín son las otras cuestiones pendientes.

Conservación de los fondos

Entretanto el legado local continúa bajo llave en un edificio afectado por la humedad. Si los fondos se conservan en condiciones es gracias a dos radiadores y a la visita diaria del director del museo, Juan Andrés Fernández, que se encarga de vaciar dos deshumidificadores que en esta época recogen diez litros diarios de agua.