La artista estradense que admiró Benedicto XVI

Su obra llegó al Vaticano, pero su mayor orgullo es haber llevado la terapia de la pintura a la aldea más remota


a estrada / la voz

Puri Togariños, en realidad, no se apellida así. Ese es el nombre artístico que surge de la fusión de sus apellidos reales: Torres y Magariños. Nació en A Casiña (Cuntis). Desde la ventana de su habitación veía el río Gallo. Se levantaba escuchando el ruido del agua. Tanta belleza despertó a la artista que llevaba dentro. Primero fueron paseos, fotos y dibujos. Los pinceles llegaron mucho después. «Él óleo no estaba a mi alcance. La pintura antes era una afición de ricos», cuenta. Puri se conformaba con sentir el arte y con jugar a las tenderas colándose detrás del mostrador de la tienda de ropa que tenía su madre, Virtudes, en la casa familiar. «Era una tienda de aldea en la que se despachaba a cualquier hora del día y se vendía desde una aguja hasta lencería», recuerda.

Cuando contó en casa que quería ser artista le dio un disgusto a sus padres. «La primera vez que mi padre me vio en la tele en una exposición, lloraba. Por ese miedo que despertaba el mundo bohemio», cuenta. «Entonces no se concebía que pudieras vivir de los pinceles, y menos siendo mujer», explica Puri. «No podían consentir que me dedicase a las artes plásticas. Lo que procedía era que aprendiese a coser, a bordar... Ser completa para llegar al matrimonio», cuenta riéndose.

Con lo del matrimonio Puri cumplió, pero con el arte también. Se casó a los 19 años y en su marido encontró apoyo suficiente para seguir formándose. Ya había hecho cursos de esmalte al fuego. Después estudió Bellas Artes en Barcelona. A distancia. Yendo y viniendo para examinarse. Y luego llegó su desembarco en el mundo de la moda. Sus diseños eran demasiado vanguardistas para los patronistas de sota-caballo-rey. Así que estudió también corte y confección para poder diseñar y cortar los patrones. Hizo varios trajes de novia y rompedores pantalones de campana pintados a mano cuando aún no eran tendencia.

Un día lo dejó todo para dedicarse a la docencia. Fue también animadora sociocultural. Pero como lo suyo no era acomodarse, decidió instalarse en A Estrada y abrir estudio. Lo hizo en el mejor rincón posible: en el ático del edificio modernista que preside la plaza de la Farola. Bajo la cúpula color frambuesa, Puri desplegó sus lienzos. «Es el sueño de cualquier artista. Y se me cumplió. Cuando sueñas una cosa y luchas por ella, se va consiguiendo. Fueron unos años preciosos. Pintaba y daba clases. Fui pionera en A Estrada», cuenta. Después arregló la casa que su familia tenía en la Avenida de Vigo y trasladó allí su cuartel. «Mi padre, José da Casiña, tenía una empresa de construcción. Construyeron la casa como inversión, pero nunca les gustó A Estrada. A mí, en cambio, sí. Desde siempre», cuenta mientras paladea su té en el estudio que desde hace años alberga la vivienda.

Pero no todo ha sido color en la vida de Puri. Hubo un momento, cuando se separó, en que lo vio todo negro. «Iba a las tiendas y solo compraba ropa oscura. Mi armario era todo negro. Incluso pinté la entrada de casa de negro... Parecía las viudas de antaño», recuerda ahora sonriente. «Mi pintura también se tiñó de negro. Mis hijos me decían que no les gustaba», cuenta.

Aquella tristeza en blanco y negro llamó la atención de un marchante de arte alemán que un día vio los murales que la autora había hecho en el bar Metrópoli. Así fue como Puri, que ya había expuesto en Vigo apadrinada por Laxeiro, triunfó en Alemania con la muestra Mansus Monstruos.

«La cromoterapia, los buenos amigos y la necesidad de sacar adelante a mis tres hijos -el chiquitín, Adrián, tenía tres años- fueron la única medicina que me ayudó», cuenta Puri.

En cuanto la artista recuperó las fuerzas, desplegó su arte en mil proyectos. Trabajó para la Xunta 17 años diseñando programas de arte aplicado al bienestar y recorrió Galicia entera empapándose de conocimiento. Donde no llegaba el coche del panadero, llegaba ella. Siguió formándose incansablemente y le descubrió el arte a cientos de mayores que nunca habían cogido un pincel. «Pasei do sacho ao pincel», le dijo una vez una alumna a Puri. La frase le quedó grabada. «Algunos hasta podían dejar de tomar pastillas cuando venían a clase. Pintaban lo que sentían sin ningún tipo de reglas. Y descubrí grandes talentos», cuenta.

Puri está orgullosa de ello. Más incluso que de aquel cuadro que pintó cuando recorrió el Camino de Santiago con su paleta y que, a través de la Orden del Camino de Santiago, acabó en propiedad del entonces papa Benedicto XVI.

Su interacción con los mayores fue una mina de conocimiento. Ella sabe como nadie lo importante que es el color y está convencida de que la edad «es lo que uno lleva dentro». «Hay viejos jóvenes y jóvenes viejos», sentencia. «Cuando estás deprimido parece que tienes 100 años. Y de repente sale el niño que llevas dentro. Te miras al espejo y dices: ‘A correr’», cuenta.

Ella ahora desprende color. Ha dejado ese ansia de correr por los caminos buscando no se sabe qué y ha encontrado la paz sencilla que sale de sus pinceles.

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