EL CRISOL | O |
15 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.A PRINCIPIOS de los noventa tuve que cubrir mi primer pleno en Forcarei. Desde entonces tuve dieciesiete abrazos y cinco discusiones con Brea Porto y otros tantos acontecimientos personales de esas características con Raposeiras. Incluso con Rochi tengo un historial similar, pero con Francisco Campos, el Rubio , lo que tengo es una frustración porque no tuve tiempo de acercarme a él lo bastante para una cosa, o la otra. Lo tuve bien cerca en varias ocasiones, y hasta me lo encontré hace un par de semanas en el bar O Paseo. Tomé una caña a su lado, o quizá fue al revés. Pagué yo, pero solo porque había llegado antes a la barra. Y de todas maneras, le debía alguna cerveza. Creo que acudía a A Estrada por algo de juzgados, pero quizá no recuerdo bien, y era por cosas del Concello o de la Iglesia. Él me debía una explicación. El Rubio no me había permitido nunca discutir con él. Y eso que tocaba, porque ya teníamos varios abrazos y no podía ser menos que sus jefes políticos durante tantos años. Estaba claro que el Rubio ya pensaba en escaparse, de su familia, de la política, de sus amigos y de mis ganas de discutir con él. Me la jugó y se llevó toda la baraja, las fichas de su dominó y encima nos deja a todos destrozados, pensando en dónde se posarán cada día sus alas para vigilarnos. No lo tuve casi nunca demasiado cerca, pero su corazón me atravesaba aunque él estuviera en el otro lado de la sala. En aquellos primeros plenos, recuerdo al bueno de Ángel Corral cambiando de tono y de agresividad cuando, en plan Atila, azotaba al gobierno local y le tocaba cambiar de víctima para entrar en el campo del Rubio . Entonces, sabía que la cosa iba «de Ángel a ángel».