No escribo para convencerte

Annie Sánchez

DEZA

03 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Escribo para quien aún cree que su comunidad no es algo que se hereda, sino algo que se construye.

En Galicia sabemos bien lo que significa que las cosas «vengan dadas». Durante años hemos aprendido a convivir con decisiones tomadas lejos, con promesas que no llegan y con la sensación de que lo importante siempre pasa en otro sitio. Pero también sabemos —aunque a veces lo olvidemos— que las comunidades que esperan, se apagan. Y las que actúan, cambian.

No busco convencerte y te aconsejo que desconfíes de quien quiere hacerlo. Escribo para que me cuestiones. Para que no estés de acuerdo si no lo sientes así. Porque una sociedad madura no se construye con seguidores, sino con ciudadanos que piensan por sí mismos. Escribo para quien alguna vez ha defendido algo que le dijeron a la cara que no le importaba a nadie. Para quien escuchó que no valía la pena, que no iba a cambiar nada, que mejor no complicarse. Y aun así siguió.

Porque hay una forma de dignidad que no depende del resultado, sino de la convicción.

Pero también quiero dejar algo claro: no escribo para quien busca usar a otros como excusa para sus propias batallas. No escribo para quien necesita enemigos constantes para sentirse parte de algo. Esa lucha es fácil. La difícil es otra: la que no sale en titulares, la que no tiene pancarta, la que no se grita, pero se sostiene. La lucha digna es la que empieza cerca, en el día a día. En decidir si te implicas o miras hacia otro lado. En preguntarte qué puedes hacer tú antes de exigir lo que otros deberían hacer.

Porque hay algo que se repite generación tras generación: todo empieza y acaba con la juventud. Son ellos los primeros en creer… y los primeros en pagar cuando las cosas fallan. Se les pide energía, compromiso, participación. Pero demasiadas veces se les ofrece precariedad, desarraigo y silencio. Son los «peones» de cada tablero. Los que avanzan primero y caen antes. Por eso este texto no es una llamada a la indignación, sino a la responsabilidad. A no delegarlo todo. A no esperar siempre a que alguien venga a arreglarlo. A entender que la comunidad no es un concepto abstracto: es la suma de decisiones individuales.

No escribo para que estés de acuerdo conmigo. Escribo para que no te conformes. Porque el día que dejemos de cuestionar, de implicarnos y de actuar, ese día sí que a nadie le importará nada.