Verde que te quiero verde (La ciudad. Parte V)


E

l medio natural es indispensable para el bienestar humano. La naturaleza ejerce tal poder sobre las personas que el contacto con ella facilita que situaciones como la crisis que vivimos, sean más fáciles de sobrellevar que en un entorno meramente urbano. Somos más felices rodeados de naturaleza y se sabe que cuanto más verde es un país, mayor grado de bienestar subjetivo registra su población. La biofilia es la atracción innata y la conexión espontánea que tenemos con los seres vivos. Es la causa de que los humanos se encuentren mental y físicamente más equilibrados en un entorno natural que en un lugar puramente artificial. La explicación es evolucionista, ya que hemos sobrevivido miles y miles de años en la naturaleza, mientras que habitamos en ciudades solo en nuestra historia reciente.

La pandemia es un reflejo de los riesgos ecológicos a los que nos enfrentamos, y todo riesgo ecológico conlleva un riesgo social. Es por eso que precisamos incorporar verdor a la vida cotidiana. Ahora, la salud de la población ocupa el centro de las medidas públicas, y el urbanismo pos-COVID tiene el reto de hacer de nuestras ciudades hábitats saludables. Más allá de la pandemia, la planificación urbana y los modelos de movilidad influyen en nuestra salud. La contaminación atmosférica, los niveles de ruido, la falta de verde urbano y de espacios de relación, son motivos para diseñar una ciudad más humana, confortable y saludable.

Necesitamos ciudades capaces de abordar los grandes desafíos ambientales: la renaturalización, la sostenibilidad energética, las formas alternativas de movilidad, la valorización de los espacios públicos y el cuidado de los que ya existen. Es preciso repensar los espacios de convivencia, intervenir en la morfología de la trama urbana para adaptarla a la diversidad social de los barrios y a la heterogeneidad de los nuevos usos del suelo. Promover transformaciones que mejoren la calidad de los espacios libres y las zonas verdes, volverlos saludables mediante la integración de la naturaleza y el aumento de la biodiversidad. Naturalizar las ciudades y sustentarlas sobre una infraestructura verde multiescalar: habilitar espacios de proximidad poco cualificados, tanto públicos como privados; acondicionar solares no edificados para obtener espacios públicos de calidad; reverdecer los barrios introduciendo espacios naturales, desde diminutas esquinas con «jardines de bolsillo», a corredores verdes y ejes de conexión peatonal con los bordes urbanos y grandes áreas verdes, hasta los grandes espacios naturales de escala regional.

El cambio de uso temporal del espacio público solo requiere eliminar un porcentaje de usos excluyentes y dejar más espacio a la ciudadanía, añadiendo unas prestaciones mínimas para favorecer la actividad de personas diversas. Pero será bueno que además de intervenciones ligeras y reversibles, exista una estrategia a largo plazo que impulse proyectos duraderos de transformación del espacio ciudadano, con el foco puesto en las personas y la naturaleza.

Se trata de redefinir el papel del espacio público desde nuevos criterios en favor de la prioridad peatonal y la sensibilidad hacia las nuevas necesidades de una población urbana cada vez más diversa. Ampliar el espacio común de uso peatonal y dotarlo de elementos de accesibilidad, seguridad, habitabilidad, paisaje y diversidad de usos, para que también los mayores, la infancia y las personas dependientes puedan disfrutar de él sin riesgo. De dar prioridad al confort y la seguridad peatonal, y de activar la vitalidad e intensidad de la calle, estimulando una amplia variedad de actividades.

Un mayor sombreado

La distribución del espacio de nuestras calles no es equitativa, hasta el 70% es ocupado por los coches. Pero el confinamiento y las restricciones de movilidad impuestas, han hecho que la población redescubra y transforme el espacio público con nuevos usos, demostrando que es posible reformular las zonas destinadas al vehículo privado y mejorar la calidad del aire mediante restricciones al tráfico rodado. Solo disminuyendo la movilidad se puede reducir el espacio de vehículos y ganar zonas verdes, huertos urbanos, juego de niños, parques, carril bici y zonas libres accesibles sin barreras. Con buenos medios de transporte público y menos desplazamientos individuales se consigue pacificar la ciudad y la vida personal, eliminar aparcamientos en superficie, peatonalizar calles y reducir emisiones. Al eliminar asfalto y sustituirlo por arbolado, se logra un mayor sombreamiento para mitigar el impacto del calor en verano, disiparlo y mejorar la absorción de lluvia por el terreno, en vez de que la evacúe el alcantarillado. Esto contribuye a reducir las «islas de calor», un fenómeno térmico que se produce en las áreas urbanas y que se manifiesta con temperaturas elevadas especialmente en el centro y durante la noche, debido al asfalto, la concentración de edificios y la falta de vegetación.

Pero reverdecer las ciudades no sirve demasiado si no preservamos el territorio y estamos deforestando en otros lugares. Es necesario un pensamiento sistémico global que nos haga conscientes de nuestra filia por lo verde, de que somos habitantes de un planeta diferente porque tiene vida y una naturaleza que ha de pervivirnos.

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