Un mundo de luz en Fontao

Un documental de Encarna Otero muestra la realidad de la fiebre minera del poblado cruceño en los tiempos del wolframio en los años 40 y 50

Fotografía antigua de la zona de las minas cruceñas.
Fotografía antigua de la zona de las minas cruceñas.

Lalín / La Voz

Negro y pesado, así era el wolframio que salía de las minas de Fontao y de A Brea. Un mineral codiciado que vivió su época dorada durante la Segunda Guerra Mundial. La realidad de las explotaciones como la de Vila de Cruces durante los años cuarenta y cincuenta tienen todos los ingredientes necesarios para una película. Una realidad a la que daban vida los presos represaliados de la época franquista, el estraperlo, los mineros, las mujeres que lavaban el mineral, las tabernas y las grandes fiestas. Todo un cóctel de vida y luz en los oscuros años de la posguerra alimentado por el dinero generado por el wolframio, codiciado por los ingleses y destinado a la Alemania nazi.

Un mineral esencial para la fabricación de armamento y que El tiempo entre costuras volvió a poner de actualidad al incluir esta realidad en la trama.

Encarna Otero quedó encandilada desde niña por las historias que contaba su padre, trabajador en una mina de wolframio en Santa Comba, y sobre todo, con la de las mujeres que se empleaban lavando el mineral. De esa inquietud nació el primer germen de un documental madurado después al conocer el poblado de Fontao, y tras un exhaustivo trabajo de investigación. Encarna Otero conoció más a fondo Fontao durante el gobierno bipartito -del que formaba parte como directora xeral de Vivenda- y que realizó una serie de importantes actuaciones que incluyeron la rehabilitación de las viviendas del poblado y la realización de un completo plan director que supuso la recuperación de gran parte de las instalaciones de esta zona. Fruto de todo ello es el documental Memorias de vida en vivo. A luz do negro. O volframio da Brea e o poboado de Fontao, dirigido por Encarna Otero y realizado por el Consello da Cultura Galega, del que forma parte. El documental es el primero de una serie de Memorias de vida en vivo, una sección abierta en la comisión de Igualdade, que tiene como objetivo visibilizar y recoger la labor de muchas mujeres en diversas actividades y que no aparecen en la memoria oficial.

Cuenta que «montamos unha exposición con imaxes antigas coa asociación de veciños que se chamou O Fontao na retina e empezaron a aparecer fotos de mulleres, e incluso entregáronme os veciños dous carnés de mulleres que estiveran empregadas polos Cort no lavado do mineral». Otero trabajó, en el bipartito en la rehabilitación del poblado y la creación de un plan director que dio lugar a la puesta en valor de toda la zona.

Luego, explica, «perdemos as eleccións pero eu seguín sempre con aquelo no corazón, aínda que hoxe estén todas as instalacións rehabilitadas e cedidas o Concello que as ten pechadas, incluso o Museo». Destaca la labor de las mujeres «que traballamos como formigas» y de la asociación de vecinos. Explica que «contactei con Lourdes Mato de dende alí xa foi todo rodado». El primer paso fue encontrar testimonios.

Todo el sistema técnico del Consello da Cultura se puso en marcha y se tradujo en la grabación conjunta de estas mujeres porque, como explica Encarna Otero, «eu quería que estiveran xuntas para que unhas a outras se sacaran cousas». El resultado fueron «moitas horas de gravación, sentadas co café e acompañadas por unhas moi boas rosquillas e gravamos fora o poboado, o almacén, os buratos, os lavadoiros e temos un arquivo espléndido», afirma. Después de eso, apuntan, « fixen un guion e Manuel Gago, que leva a realización de vídeo do Consello díxome que con todo tiñamos un documental». Con todos esos elementos se realizó este trabajo que incluyó incluso «unha gravación doméstica pequeniña que atopamos da inauguración do poboado»

Aventura y dinero

Toda esa labor, como explica Encarna Otero, supuso dar a conocer el foco de luz que era Fontao «naqueles anos da miseria e da fame» y dibuja un mundo de aventura, fortuna y tragedia con 200 presos, la Guardia Civil «que represariaba pero tamén participaba no estraperlo» y con un modo de vida que distaba mucho del que existía en otras partes. Unos años en los que, señala Otero, había más de 60 tabernas en el barrio da madeira, cines, salones de baile, trabajaban entre seis mil y siete mil personas, a las que había que dar de comer, alojar y donde corría el dinero. Y como señalaban algunas mujeres en sus testimonios «Tiñamos os mozos que queríamos e ¡qué festas había alí!!».

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