El profesor advierte de la distancia entre los programas escolares y las referencias actuales de los adolescentes
23 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.El profesor Carlos Lomas habló ayer sobre las «luces y sombras» de la igualdad entre hombres y mujeres. Reconoce que los cambios avanzan, pero «sigue habiendo demasiados indicios de que la igualdad es más de puertas afuera que adentro». Y puso un ejemplo muy gráfico. En el Gobierno paritario de Zapatero los nueve ministros suman 24 hijos, mientras las ministras solo tres. «Aunque no cabe despreciar el valor simbólico de ese gobierno, hay espejismos -advierte-. Hoy por ejemplo el éxito escolar es femenino y las mujeres están accediendo a oficios tradicionalmente vedados, pero existe el famoso techo de cristal».
-La jornada estaba dedicada a la coeducación. Como profesor ¿Percibe que se dejan más en manos de la escuela tareas propias de la familia?
-Esa dejación de funciones siempre ha existido. Luego, uno de los efectos perversos del acceso de la mujer al trabajo puede ser que ese papel educador dispone de un contexto menos favorable. Entre eso y que los chicos tienen mucha más libertad, la influencia de los padres es menor. Pero es curioso, porque hay discursos que predican que la educación en valores solo puede formarse en la familia y le niega a la escuela ese derecho. Piense en la polémica de la Educación para la Ciudadanía, cuando ha habido sectores políticos y sociales que han negado al Estado democrático el deber de educar en valores democráticos porque piensan que eso forma parte de la familia. En todo caso es verdad que hoy la autoridad familiar no tiene el peso de antaño. Y hay otros contextos que también educan o maleducan, como la pandilla, o los referentes de la cultura de masas, la televisión, la publicidad e Internet están siendo ámbitos en los que se transmiten con más eficacia ideologías, estilos o formas de consumo.
-Ahora se está hablando de «devolver» la autoridad a los docentes tras los últimos casos de violencia. ¿Qué le parece?
-Las formas de autoridad tienen un tiempo histórico. En la sociedad en que vivimos no tiene sentido instaurar formas de relación decimonónicas, volver a las tarimas, o las formas de relación que marquen una distancia, porque el profesor ya tiene una posición de poder sobre el alumno. Le suspende o le aprueba.
-¿Educar es hoy más complejo?
-Es cierto, por la influencia de esos otros ámbitos de la televisión o Internet. Hoy el maestro no es el poseedor del saber ni el único que transmite cultura. Otros lo hacen de manera más eficaz y completa, como Google. Quizá el maestro y la educación tienen que plantearse que su función ya no sea solo esa. Por otra parte, adolescentes y jóvenes tienen unas cuotas de libertad y unos gestos de rebeldía que antes no se permitían. Y finalmente no podemos olvidar que en la educación en España están hasta los 16 años todos los chicos y las chicas, sean como sean o vengan de donde vengan. Cuando estudiaba, había gente que lo dejaba a los 10, con lo que los sectores más conflictivos o desarraigados, ya no estaban. Por eso cuando se dice que cualquier tiempo pasado fue mejor es una falacia absoluta. No es comparable.
-También se dice que cada vez los jóvenes saben menos, son más violentos y están las cifras del fracaso escolar...
-No es cierto que no sepan nada, lo que ocurre es que las cosas que saben no tienen valor en la escuela. Saben manejar muy bien las nuevas tecnologías pero eso no se valora. Y es verdad que hay una enorme distancia entre los saberes escolares tal y como están contemplados en el currículum y el mundo de referencia de los adolescentes, con lo que se produce una enorme incomunicación.
-Hay que tender puentes.
-Sí, porque la escuela del siglo XXI no puede ser la del siglo XIX. En muchos aspectos el modelo de escuela en el que vivimos es decimonónico, aunque haya ordenadores en las aulas. Hay más conflictos, gestionar un aula es más complejo. Pero a veces alumnos que son más conflictivos con un profesor no lo son con otros, con lo que ahí está pasando algo. Creo que el profesor necesita todo el apoyo del mundo, es necesaria otra formación, apoyos a los grupos en dificultades, que haya dos o tres maestros en el aula, pero la solución no puede ser la exclusión escolar ni la vuelta al pasado. Se habla también mucho de los casos de acoso, de violencia y no todo es así. La vida en las aulas, con sus dificultades, es relativamente serena y rutinaria.
-¿Tantos planes de estudio tienen o no que ver con ese índice de fracaso escolar?
-Tres leyes en veinte años no es algo bueno. Pero lo que pasa en las aulas no tiene tanto que ver con la Logse, sino con las tradiciones educativas, los estilos de los profesores o las características del alumnado. Se suelen atribuir a la Logse todos los males y me parece injusto, me podría plantear si se ha aplicado alguna vez. Lo que hay que ver es qué tipo de educación queremos, y no tanto que los alumnos sepan muchas cosas de manera efímera, sino que puedan tener competencias y habilidades que les permitan seguir aprendiendo y valorando lo que aprenden. Es inimaginable pensar que los actuales jóvenes urbanos del siglo XXI puedan estarse quietos un día tras otro aguantando clases de gramática y de sintaxis. No les interesa porque no le ven sentido. Sin embargo, si en clase de Lengua se leen textos de literatura juvenil, que tienen que ver con su vida, de amor entre adolescentes o se analizan anuncios publicitarios, se pueden enganchar. Y en cuanto al informe Pisa, no hay que entenderlo como el catecismo, porque hay variables sociales importantes. Por cierto que España en un porcentaje de 1 a 10 sacaba un 4,8, que es un suspenso, pero no una catástrofe. Y países como Estados Unidos están muy por debajo.