El martes de carnaval de 1979, ocho muchachos de la comarca de Sar perecieron al precipitarse al río el coche en el que viajaban. Antonio Claro Piñeiro fue el único que consiguió burlar a la muerte
22 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«Viñamos de celebrar o martes de carnaval, nunca pensei que todo podería acabar así». En su casa de Araño, en el municipio de Rianxo, Antonio Claro Piñeiro, que hoy tiene 43 años, recuerda la tragedia de Pontevea exactamente igual que aquella noche de frío en la que un niño de trece años, él, escapó nadando a una muerte que no fue tan benevolente con ocho amigos suyos. Ninguno vivió para contarlo.
«Durante moito tempo -cuenta- sendo rapaz, ía ao río a pescar e non era capaz de botar máis dunha hora. Tiña a impresión de que ía afogar». Fue la secuela más inmediata del peor final de una noche que empezó en fiesta y terminó en tragedia. Claro dice que, a bordo del Seat 124 de su vecino Ángel de la Cruz Castillo, andaluz de 27 años, consiguieron apretarse los nueve para disfrutar del carnaval en Souto de Vea: tres delante y seis en los asientos traseros. Ya de vuelta, muy tarde, se les ocurrió parar a cenar algo en la parrillada A Parra, pero se encontraron con la puerta cerrada.
Como ya no eran horas de seguir buscando un local abierto, decidieron regresar a casa por la carretera de A Estrada (hoy AC-841). Tres delante y seis detrás, todos disfrazados, el Seat 124 de Ángel de la Cruz se internó en la noche con el objetivo de llegar de nuevo a Sinde, Sande, Coira y Reis.
«Resulta que uns días antes, en Pontevea, -recuerda Antonio, que se había caracterizado para la fiesta de mujer embarazada- un camión levara por diante o petril da ponte, era un paso moi estreito. Puxeran un valo deses das obras, e nós chocamos con ese valo e fomos ao río. Serían sobre as dúas da mañá».
El Seat 124, con placas C-7878-E, voló sobre el cauce del Ulla y se estampó en el agua. «Algúns viñan durmidos, seguramente xa morreron desnucados, os outros afogados», dice Antonio.
Silencio en el aire
En la crónica que, de aquella tragedia, escribieron hace treinta años Luis Álvarez Pousa y Tucho Calvo, recuperamos las declaraciones del Antonio niño, que les dijo a los periodistas: «Cando o coche ía polo aire, quedamos todos en silencio».
«Daquela non o contei, pero si que recordo como saín», dice el superviviente, que todavía siente en las piernas la humedad del Ulla anegando el interior del 124. «Para min que conseguín abrir unha porta, aínda que tamén din que poido ser por un cristal, porque a porta apareceu co seguro posto». «Non afoguei porque non me cadrou, pero traguei moita auga. Conseguín tirar a toquilla que levaba do disfraz e, cando estaba saíndo, o coche deu volta e quedou coas rodas para riba, do revés, e voltei para dentro, ao final saín nadando», dice Antonio.
Lo que ocurrió después fue todo muy rápido. Antes de que pudiera darse cuenta, la corriente lo arrastraba río abajo. Antonio luchaba por agarrarse a la vegetación de la orilla, pero el río se empeñaba en no dejarlo escapar.
Por fin, a unos quinientos metros del puente río abajo, consiguió trepar por un muro lleno de zarzas y llegar a las inmediaciones del chalé de Garea. «Nunca pensei, ata que os vin, que estaban todos mortos, para min que estaban vivos», cuenta Claro Piñeiro. Empapado y congelado, completamente desorientado, Antonio recordó que cerca del puente, en la gasolinera de Pernas, solía dormir la Guardia Civil para custodiar la estación de servicio. Y allí se fue, dispuesto a avisar.
Fue socorrido por un vecino de Vilar de Teo, que fue el primero en recibir de boca del superviviente la noticia sobre lo que había ocurrido: «Non ía só, iamos moitos», le dijo el chaval. Justo detrás del 124 venía hacia Santiago otro coche, cuyos ocupantes se dieron cuenta de que algo había pasado en el puente al ver la barandilla fuera de su lugar.
El dispositivo de rescate se puso en marcha y las horas siguientes fueron terribles. Dentro del automóvil se hallaron los cadáveres de Ángel de la Cruz; Antonio Pérez Dios; Tito Iglesias Amo; Manuel López Carreira; y José Gestal Vento. Al día siguiente se encontraba el cuerpo de José Devesa Cerdeira.
Dos días después del suceso, había sido imposible encontrar a José Manuel Varela García y a Manuel Iglesias Vilariño. El único que volvió a nacer aquella noche fue Antonio Claro Piñeiro.