Santa Bárbara, convertida por los esclavos africanos en diosa del trueno y los tambores, debe estar desde hace unos días un poco más triste en la fachada de la Catedral. Como lo están los locales de la parte vieja compostelana conocedores del ritmo, el alma y la ternura africana de Elías Cassamo Amade, que hace unos días se apagaron definitivamente para descansar entre los suyos, allá en Mozambique, en el África más ardiente pobre y mestiza. La sangre de Elías y su música, al igual que la de África, Cuba y Brasil era como un río por el que navegaron ancestros indios, árabes y judíos. Su vida, una más entre catorce hermanos, fue la de tantos africanos, como un caravansar, siempre con una puerta para salir y otra para entrar. Un azaroso viaje plagado de aventuras, encuentros, desencuentros y trabajos de lo más variado -pintor, camarero, jardinero, mecánico...-, en permanente disposición a hallarse frente a frente con la vida.
Cassamo vio su gran oportunidad de salir del Mozambique del Frelimo para estudiar música en la entonces Unión Soviética, pero al llegar allá fue destinado realmente a servicios militares. Su servicio de armas no terminaría ahí, pues sería destinado a Guantánamo, un lugar de reminiscencias terroríficas hoy. Pero Elías no daría con sus huesos en el gulag yanki sino en Rancho Boyeros, un espacio militar cubano en el que, comentaba el percusionista, había conocido muy buena gente y aprendido música. Al poco tiempo de regresar a la patria Elías tramó una nueva huida a Sudáfrica. Allí estuvo cinco años hasta que la novia, desconocedora de que en estos tiempos las postas y visados se desentienden del amor, le escribió una apasionada epístola que el cartero le entregó con la correspondiente orden de expulsión. Pero nuevos tiempos para el amor, y la cólera también, estaban esperando al percusionista, que no desaprovechó la oportunidad que se le presentó en 1981 de emplearse en un barco de cruceros que le llevaría a Portugal, donde un accidente que le quemó las manos manipulando pinturas le traería a Compostela como paciente de hospital en los años noventa.
Desde entonces Elías fue el icono percusionista de la música en la parte vieja, timbaleando samba, bossa nova, blues o jazz con diversas formaciones, aunque más intensamente con Diego Massimini. Gracias a los dueños de los locales, vecinos y compañeros músicos que sufragaron los más de mil euros del billete con vuelta, el pasado 23 de abril, en compañía de la enfermedad que le aquejaba, «cansado e ferido», Elías regresaba a su Maputo natal tras casi treinta años de ausencias, entre ellas la de sus padres. Retornaba a sus raíces para cargar pilas, renovarse y regresar en seis meses junto a sus amigos de Santiago, «mi segunda familia». A pocos meses de cumplir 51 años su noble y curtido corazón dejó de percutir. Aquí deja, entre otras cosas, la evocación de su tambor de orishas y sus 482 árboles plantados en Ourense, después de una joven flor de Yemayá, de 15 años, en Portugal. Su timbal sólo ha querido hacer un alto en Maputo y ya regresa su timbaleo en una eterna conga de sueños con Changó, Vinicius, Ochún, Compay, Janis, Jobim... y tantos. Hasta siempre, amigo.