En el nombre del cuponero

F. S. CORDÓN

DEZA

EL CRISOL | O |

28 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

A LA cuarta visita ya me contó los detalles más escabrosos de su historia y de su angustia. En las siguientes ya no le pude hacer tanto caso. Podía arrastrarme en su pesimismo, y hasta prestarme alguna flecha ensangrentada. Tenía cara de bondadoso pero quizá no lo era. En todo caso, su rostro reflejaba mil derrotas, en una reencarnación cruel que no le correspondía. Todo marchó en su vida con cierta normalidad, y humanidad, hasta que en Lérida el destino le dió un accidente, laboral, que le cortó casi todos los vuelos y aspiraciones. También se deslizaba con dulzura su espíritu sentimental, o amoroso, aunque él pudo arrancar, como tantos, sin la sinceridad precisa. El accidente le cargó de cupones de los minusválidos, y ese arranque algo inocente, o quizá egoista, le llenó el alma de óxidos. En su entorno le comprendieron a medias, a veces, o le apartaron por inocente. Se topó con unos nuevos derechos, de otras personas, que él no entendía. La Justicia había cambiado algo en ciertas cuestiones en las que él creía dominar la norma exacta. El asesoramiento le llegó muy tarde. A él le cegaba el accidente, pero también su visión de la solidaridad, el agradecimiento y el amor. Sus paredes se humedecieron de indiferencia, y empezó a vender todos los cupones premiados. Se compró los que nunca se venden, y quiso razonar con ellos. Un día comprendió que tenía que romper la puerta de su celda, y tirarse al precipicio horizontal. Se personó ante unos policías para que lo detuvieran. De lo contrario, le rascarían el alma las injusticias de su existencia. No fue detenido, y tuvo tiempo para ofuscarme con cuatro o cinco encuentros más. No le dí un buen consejo. Necesitaba algunos malos. Pero me emocionaba su historia. En los últimos días parecía más alto. Ayer le tocó un buen cupón.