SIN SODA | O |
27 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.ONCE DE la noche de un día de fiesta. Un grupo de amigos decide empezar la juerga con un trago tranquilo en un bar cualquiera. Alguien pide una «caipirinha» y la elección convence al resto. ¡Qué sean seis! La deliciosa mezcla brasileña está incluida en la carta de la cafetería y cuesta tres euros. A los clientes no les duelen. Han probado más veces el combinado y creen que vale la pena. Tras catarlo y comentarlo, alguien saca un billete. Son veinte euros de ley. Dan para pagar la ronda y para dejar propina al camarero. El cliente espera la devolución, pero el empleado espera otro billete. Con un rápido cálculo mental, el cliente pretende deshacer el entuerto. «Seis por tres son dieciocho», constata. Pero el camarero echa otras cuentas. Reclama 21 euros. El cliente se pregunta si habrá escasez de limas, si la cachaça estará por las nubes o si el azúcar será muy moreno. La carta no recogía tales variaciones, así que decide preguntar al camarero. «¿No eran a tres euros?», pregunta tímidamente. «Hoy no. Hoy son 3,50», le espeta el camarero. El cliente cae en la cuenta. La culpa va a ser del San Paio, que es peor que el IPC. Es como una subida acumulada. De tres años por lo menos. Sin previo aviso. Sin anestesia. El cliente está de fiesta. Prefiere pagar lo que le piden que reivindicar sus derechos. «Al menos podrían haber cambiado la carta o haber comentado algo», piensa para sus adentros. En otra esquina de la villa, un vecino pide un quinto de cerveza en su bar de siempre. Prepara 0,90 euros. Pero no. «Hoy» cuesta un euro. Los dos clientes no se conocen, pero «hoy» comparten sentimientos: la sensación de haber sido timados y el inocente propósito de boicotearle el negocio al que lo ha hecho. «Las fiestas duran cinco días, pero el año tiene otros 360», piensan.