Crónica | O Grove clausuró ayer la 41 edición de la Festa do Marisco con la tradicional comida de confraternidad en la isla de A Toxa Los frutos marinos fueron el puente entre una carpa abarrotada de turistas y el selecto salón del Gran Hotel. La celebración gastronómica más importante de Galicia se ha ido. Hasta el año
12 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Es año Xacobeo, que nadie lo olvide. El alcalde de O Grove, Miguel Ángel Pérez, tuvo muy en cuenta ese hecho cuando preparó el discurso que ayer pronunció ante los más de doscientos invitados a la comida de confraternidad con la que se cerraba la Festa do Marisco. «Peregrinos do bo paladar acuden aquí ano a ano para seguir o rito de saborear o mar nunha ostra», proclamó. No fue la única imagen lírica con la que el primer edil sembró su intervención. Otra: «veñen ata nós para paladear a espuma atlántica nunha nécora». El alcalde comparó la celebración gastronómica de O Grove con una novena pagana. Y razón no le falta: miles han sido las personas que a lo largo de las últimas semanas han acudido hasta ese municipio no para besar a un santo, sino para disfrutar con el sabor del mar encarnado en una larga lista de productos de primera calidad. Como los que ayer se sirvieron en el Gran Hotel Hesperia, de la isla de A Toxa, donde un año más remató oficialmente la fiesta. Oficialmente, sí, porque pese a la operación retorno, la animación no cesó durante la tarde en la zona de O Corgo. Cuatro conselleiros, numerosos alcaldes y concejales de la zona, el presidente de la Diputación y embajadores de otras comunidades -este año le tocó a Castilla La Mancha- acudieron al día más protocolario del Marisco. De punta en blanco, como marcan las normas, las autoridades se encontraron en el Concello y presenciaron la entrega de los premios del Simposium de Escultura. No volvieron a ver a los escultores: este año, los artistas se quedaron fuera de la invitación para el Gran Hotel. Con el premio fresco, los cinco talladores de granito tuvieron que peregrinar por todo O Grove buscando un lugar para comer, víctimas del abarrote generalizado en todos los establecimientos de la localidad. Ajenos a la desesperación famélica de los escultores, las autoridades pasearon por el recinto ferial. Poco a poco, deteniéndose aquí y allá para probar las exquisiteces que durante estas semanas han dado de comer a miles de hambrientos de marisco. Pero sólo podían probar, porque los estómagos debían estar prestos para disfrutar del menú que esperaba en A Toxa. Platos llenos de sabor marino, pero con puntillas exóticas: empanada de berberechos, mejillones glaseados al aceite pesto, pulpo á feira, nécora y camarones de O Grove, vieiras a la gallega con virutas de jamón, rodaballo en caldeirada, milhojas de crema con frutas del bosque y petits fours . Con el estómago lleno llegaron los discursos. El alcalde jugó con la lírica y con las imágenes, pero aprovechó también para unos pequeños apuntes políticos, como el saludo al proyecto del puerto deportivo. La licencia no pareció importunar a nadie, y las palabras del alcalde fueron seguidas de aplausos. Quizás por su frase final, animando a los «pelegríns do bo paladar» a regresar a O Grove el año que viene para seguir sabiendo lo que es bueno. Tras el alcalde habló el conselleiro de Presidencia, Jaime Pita. En dos ocasiones excusó la presencia del presidente de la Xunta, Manuel Fraga, que ayer estaba en Madrid. Luego, rindió el debido homenaje al marisco de O Grove. Y terminó recordando a los «agoreiros que hai dous anos dicían que o noso mar estaba perdido para sempre». Esa alusión al Prestige precisamente en la cuna de la resistencia contra la marea negra generó cierta tensión en muchas de las mesas de la sala. Sobre todo en aquellas con predominio izquierdoso. «Amargoume a festa», soltó, escueto pero contudente, el vicepatrón de la cofradía, Manuel Iglesias. La música de las gaitas no tardó en taparlo todo. Una banda llegada de Santiago de Compostela llenó con sus gaitas y sus reviravoltas el gran comedor decorado con los tradicionales colores: amarillo y blanco. Los camareros seguían afanándose con el café alrededor de las pobladas mesas. Sólo una lucía totalmente vacía y abandonada: la reservada a los escoltas de las autoridades.