CARTA ABIERTA | O |
19 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.ODIABA las flores, y tú parecías disfrutar regalándome toda la variedad de crisantemos. Tenía razón mamá cuando me repetía que mi casa olía a cementerio... No se está mal aquí a pesar de todo: estoy a salvo de tus caricias y tus apasionados abrazos. Y por fin la cerradura ha sellado sus labios y la llave no volverá a bailar con mis fantasmas durante más noches en blanco. Te gustaba celebrar cada aniversario: nuestro primer beso, la primera semana, el primer mes... Yo en cambio, comencé a recordar otras cosas: muchos de mis huesos llevaban impresos su fecha de fisura, fractura... Tus peleas de enamorados -como tú llamabas- se procesaban sobre cada una de mis arterias. -Hija mía: ese hombre no me gusta para ti, tiene algo en su forma de mirarte que me recuerda demasiado a tu padre. Y papá también te regalaba flores. Ocho de junio. Aquella primera bofetada debió romper el encantamiento, pero sólo consiguió movilizar mi mandíbula y que la minifalda diera paso a unos tejanos más discretos.Para el día de San Juan, ya habías aprendido la lección: la cara resulta demasiado expuesta. La escoba pudo reponerse a riesgo de movilizar cada una de mis vértebras. Sólo recuerdo su trágico destino sobre mi columna y su lamento en forma de crujido desparramándose sobre mi desamparo. Hubo épocas buenas: vacaciones con mi familia durante las que desplegabas todo tu encanto. Y mi madre seguía advirtiéndome: -Esa mirada nena; no es limpia. No pases tú por lo mismo. Y sin embargo yo seguía callando y lo que peor; amándote. A principios de otoño, la noticia de mi embarazo te condujo desde el estado de euforia hasta el de embriaguez; dejándome como recuerdo un tobillo fracturado y cinco puntos de sutura. Maldije durante cuatro meses aquel papel con la palabra «positivo» hasta que en carnavales las paredes del útero reventaron bajo una de tus patadas. «Aborto por caída accidental». Y seguía mintiendo por ti y nadie sospechaba...¡Que torpe soy!. Merezco todo lo que me pasa lo mismo que mamá. Me aislaba del mundo tratando de huir de mi enemigo y me odiaba por no haberte dado un hijo, por planchar mal los pantalones o por olvidarme de las cervezas. He tenido suerte, a pesar de todo. Otras mujeres padecieron una tortura más larga. Mi débil cuerpo te «aguantó» durante tres años, ocho meses y cinco días, como una pequeña condena. Hace una semana estrenamos primavera y mi cadera recordaba el último de tus encuentros amorosos. Ese día, sin embargo, la llave traía rumor de tragedia, y los crisantemos se revolvían dentro de sus jarrones... Llegaste desencajado. Recuerdo palabras como reducción de plantilla, paro o culpable y después que utilizaste mi cuerpo como «saco» de entrenamiento para mitigar tu furia... Hasta los peldaños resultaban más acogedores que tus manos. Mis células comenzaron una carrera loca por recomponer lo que se iba desencajando en mi interior. Venas y arterias mezclaban por momentos sus canales, y el «caos» reinó bajo los huesos de mi cerebro. Tus insultos ya no traspasaban mi piel. No pudiste esconder lo evidente. «Se te fue la mano». El coma acarició mi almohada durante tres días, y ahora estoy aquí. ¡Por fin me han dejado sola!. Mis hermanas parecían tres plañideras y a mamá se le olvidaron las rosas. Tú has conseguido que el cementerio se parezca a mi hogar. Sé que ya no puedes hacerme daño, pero el escalofrío que provoca el miedo luce una sombra demasiado alargada. Las paredes de mi ataúd no pueden protegerme de ti. Si alguna vez te acercas a visitarme después de salir de la cárcel... ¡Por favor no me traigas más flores!.