Desaparecida la Organización Sindical franquista, a pesar de que el día antes de su disolución en el BOE, el ministro sindical, Enrique de la Mata, hizo fijos a miles de funcionarios interinos, una de las preocupaciones del Gobierno Suárez fue la estructuración de los nuevos sindicatos y el marco en el que se iban a mover. Los dos principales, Comisiones Obreras y UGT, ya existían en el franquismo, aunque fuesen clandestinos. De lo que se trataba ahora era de poner a su disposición los medios para ejercer su defensa de los trabajadores. En cuanto a edificios, UGT tenía pendiente de reclamación la devolución del patrimonio que le fue expoliado por el franquismo al comienzo de la Guerra Civil. Los dos líderes que llevaron el peso de las negociaciones fueron Marcelino Camacho y Nicolás Redondo, ambos con años de cárcel a sus espaldas y con una trayectoria ejemplar. Marcelino se había hecho famoso, además, por sus jerseis gruesos de cuello cerrado. Nicolás, que pudo haber ocupado el puesto de Felipe González en el Congreso de Suresnes, siempre iba descorbatado, excepto en una ocasión en que le recibió el rey. Tanto uno como otro eran conscientes de la situación laboral explosiva del país. De ahí que considerasen el pacto social como la mejor solución para enderezar la economía del país. Pero, de momento, no era posible.