Secretos muy bien guardados

M.F. LALÍN

DEZA

Los canteros evitan desvelar el tiempo de elaboración y el proceso exacto de las piezas A pesar de que los canteros artesanos cada día vean más reducido su número, al menos en las comarcas, como consecuencia de la industrialización y el reemplazo del ladrillo por la piedra. Lo cierto es que «se perderá el pelo, pero no las mañas» y es así como al ser interrogados sobre cuestiones específicas de su profesión los canteros consultados prefieren invocar a los «secretos del oficio» para evitarse molestias. Una respuesta que a algunos les despierte el recuerdo de sus antepasados los masones.

13 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Los pocos canteros artesanos gallegos que hay en la comarca se muestran reacios a explicar cuánto tiempo les lleva terminar cualquier tipo de escultura, ya sea un crucero, una figura o un escudo. «Eso es un poco secreto del oficio. Pero tampoco sé el tiempo que me llevó porque estuve haciendo otras cosas mientras tanto. Calculo que esa figura lleva unos 15 días trabajándola diariamente, o tal vez menos», es la confusa y evasiva respuesta recibida. José Luis Ferreiro Diéguez, de la cantería artística O Vila, justifica esa actitud para protegerse de la reacción de ciertos clientes. «Me han ocurrido algunas anécdotas con eso. Hay piezas que te llevan 5 días y otras un mes, siempre depende de la forma de trabajo de cada uno. O si es una pieza que se repite mucho ya la haces más rápido porque tienes más práctica. Si le digo a un cliente cuánto tiempo me lleva, él puede llegar a pensar que si me llevó poco tiempo le estoy cobrando mucho. Y no es así, el que va a comprar no debe mirar si lleva mucho o poco tiempo, sino que el precio sea razonable y si eso le gusta». Además, muy probablemente el cliente no pueda producir nada semejante ni siquiera en el plazo de un año. Otra pregunta sutilmente evadida es la relacionada con el proceso de transformación del bloque de piedra en escultura. Los canteros de O Corpiño, Manuel García García y Julio Montoto comentan entre risas que el primer paso del proceso es el «encargo». Después «hacemos un pequeño boceto, pedimos la piedra a la cantera. Vemos cuál es la más adecuada para hacer la talla. La escuadramos. Y a partir de ahí hacemos líneas. Es un proceso complicado de explicar en dos palabras» resumen los dos. Tal vez sean sólo conjeturas pero estas respuestas no hacen más que dejar volar la imaginación y recordar las antiguas intrigas de los maestros masones. La marca de los canteros En el momento en que, gracias a las bóvedas de ojivas cruzadas, los constructores se liberaron de las pesadas bóvedas que limitaban el desarrollo de la arquitectura, se comenzaron a erigir grandiosos edificios, equilibrados por un hábil sistema de contrafuertes y arcos. Así nacía el esplendor de la arquitectura gótica. En los talleres de los canteros de obras para las catedrales del reino de Francia crecía el entusiasmo. Todos se empeñaban en el esfuerzo de construir cada vez más elevadas y leves bóvedas sobre naves ricamente iluminadas por la luz que se filtraba a través de los inmensos vitrales. Una unidad innegable se hacía patente en estos conjuntos ejecutados conforme al poderoso impulso del arquitecto. El maestro de obras (Master mason) dirigía el taller, distribuía el trabajo y daba a los escultores las ideas generales y el programa iconográfico en indicaciones por medio de diseños o bosquejos. A veces tomaba él mismo el cincel y la maceta para terminar alguna parte muy difícil. Pues era ante todo un hábil tallador, escogido entre los mejores para dirigir la cantería. Cuidaba de todos los detalles, desde los pormenores de la escultura hasta la disposición final del conjunto. El arquitecto del siglo XIII, Villard de Honnecourt, dejó en su Album más notas y esbozos de esculturas, estatuas y decoración que de arquitectura. De hecho, el escultor era un tallador de la piedra. Según el Libro de los Oficios, publicado en 1268 por el sacerdote parisino Étienne Boileau, al artesano se lo trataba severamente en cuanto a su aprendizaje y a la fidelidad en la realización de las obras encomendadas. Estos artesanos (free-masons o canteros libres) ya en el siglo XIII se agrupaban en cofradías, en las que la enseñanza del oficio se impartía en reuniones secretas, debiendo mantenerse el secreto sobre las técnicas operativas delante de los no iniciados en el arte. Ninguna de las principales obras maestras puede atribuirse a un autor seguro, ya que ninguna de las esculturas están firmadas. Como mucho, algunos canteros libres dejaron grabados en los bloques de piedra señales que apenas los identificaban entre sí: se convertía en la marca de los canteros.