Enfermedad y tiempo

La Voz

DEZA

BUZÓN DO LECTOR

09 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

El domingo 10 de septiembre estábamos en la playa de O Terrón y alguien dijo ¡qué calor! Sí, dije, ¡fai un sol que te torras! En noviembre del año 92 se celebraban en Pontevedra las primeras jornadas gallegas de cuidados paliativos en el paciente de cáncer terminal. Evidentemente, no te torrabas, pero el ambiente era cálido ya que la mayoría de los ponentes venía de Las Palmas y traían algo de calorsito. El director del curso se llamaba Doctor Marcos Gómez... tiene historia. Este hombre comenzó trabajando como anestesista, pero una enfermedad le obligó a apartarse de los quirófanos y a incorporarse a la unidad de dolor de su hospital. Aquí fue ampliando su campo de trabajo hasta hacerse responsable de la unidad de cuidados paliativos, de lo cual me alegro. Recuerdo que una de sus charlas comenzaba con un cuadro de fondo titulado Ciencia y Caridad en el que aparentemente sólo existían dos personajes. Un enfermo con no muchas expectativas de vida y un médico cogiendo su mano. Intuí que se trataba del comienzo de algo fuerte. Él nos explicó que los enfermos terminales no eran muertos vivientes sino vivos que se están muriendo y que necesitan comer, beber, dormir y algunos medicamentos, entre ellos, uno estrella: la morfina. Peleó con muchos para liberalizar el consumo terapéutico de la misma. Últimamente insiste en el beneficio del uso de derivados de un «peculiar vegetal». No sé si nuestra querida ministra de Sanidad estará por la labor. Por cierto, se apellida igual que un compositor brasileño de nombre Heitor. Es posible que tenga raíces en este país donde se me antoja que por razones climatológicas «medraría muito ben». ¿Lo pillaste Celia? Nuestro amigo siempre nos hacía ver que, independientemente de todas las terapias posibles, la otra química era fundamental sobre todo porque acabaría la mayoría de la veces en amor y en una progresión geométrica y directamente proporcional al paso del tiempo que, como todos sabemos, cuando está llegando el final de algo bueno parece que todos los relojes llevan maquinaria Alfa. El febrero de 1994 nevaba en Pontevedra y la junta provincial de la AECC presidida por mi amiga Macarena Aragón, organizaba una jornada denominada Punto de encuentro contra el cáncer. Esa misma noche el tan temido cangrejo segaba la vida de un árbitro de fútbol de avanzada edad (40 años), yo recibía la noticia a través de las ondas de un programa deportivo que dirigía El indultao, como le llamó en algún momento Mr. Marbella. Cuando me levanté seguía nevando. Menos mal, porque hay que tener la mente fría para procesar lo que se comentó en ese punto... y no en el de Ana mola mogollón (tiene llantas de aleación y spoiler), o sea, un team, exactamente lo que nos hace falta para cuidar y convivir con nuestros enfermos terminales. Habrá que resignarse Este punto de encuentro me hizo recordar la primera vivencia en esa frontera tan desconocida entre el aquí y el más allá. El portador del pasaporte se llamaba Antonio y vivía en Riocalvo, Silleda. Nunca olvidaré cuando nos dijo a José y a mi: ¡Esto non é un home! Al verse reflejado en el almario, ¿almario? Y lo dijo porque poco más le quedaba al hombre que una ligera estructura para albergar ese oscuro objeto del deseo. Tanta clonación y tanto DNI, Catusa, y lo único más allá que conocemos es el paff de Silleda, ¿Cuál? El que tenía Toño el que organiza la Romería do Rapaz que, por cierto Agustín, tanto ingeniero, catedrático, maquinista, pero si no fuiste niño, naranjas de la China, pero tú eres unha filósofa Catusiña. Bien mirado hay que pensar en todo, y nos arrancaremos de un momento para otro y llegada la hora habrá que resignarse... bueno yo me voy. Eso no les gusta a los que te aprecian, lo sé porque cuando acabo de trabajar en Orly y le digo a Pepiño, «eu voume», siempre le escucho decir, «¡ti non te vaias Valdés, como moito márchate!» Alfredo Valdés Paredes, vecino de Silleda.