El Deza perdió el hilo

La Voz

DEZA

LEANDRO

MARÍA HERMIDA EN DIRECTO La rotura de la línea de fibra óptica dejó a la comarca sin teléfono durante horas

07 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

EIS de la tarde de un apacible lunes. Los dezanos trabajaban como cualquier otro día del año. Minutos después comenzaban los primeros síntomas extraños en la comarca. En las paradas de taxi no sonaba el teléfono, «¡Qué parado está el chollo hoy!», comentaba con sus colegas Manuel González, taxista lalinense. En las agencias de viaje sucedía algo parecido, «no podemos hacer la reserva, el teléfono no va», decía María Carmen Janeiro, de Halcón Viajes, a una clienta tras otra. Al poco tiempo sonaba la alarma. Los teléfonos no funcionaban. Era el principio del caos. Se oía en la calle: «¡Oye, que mi móvil no tiene cobertura! ¡Pues este tampoco!». La locura se apoderaba de la zona sálvese quien pueda, la tecnología nos abandonó, Cayó la noche y nuestro aparato no resucitaba. Parecía que había una avería de las gordas. Los usuarios estaban que trinaban. Sólo los clientes de Airtel y amena tenían cobertura en sus portátiles. Sus teléfonos se sorteaban entre los que se habían quedado off. El Deza se acostó sin conexión, solo queda esperar un gran milagro. Agobio entre los taxistas Horror. Mañana del martes y todavía no hay teléfono. Los banqueros se agobiaban, «esto está muy difícil», comentaba el encargado de Caja Madrid. Los taxistas quieren pedir indemnizaciones. Exigen que se les paguen las pérdidas. En el Deza se cocía algo gordo. Telefónica iba de boca en boca. Mientras la comarca se trastornaba por la mudez del aparato, unos jubilados comentaban por lo bajo, «¡Cómo está el mundo, antes vivíamos sin teléfono y tan tranquilos!». Mejor que nadie les oiga. En una mañana así saldrían mal parados. Nadie quería escuchar que el teléfono no es imprescindible. Nadie entendía por qué hoy no se vive sin teléfono. Sin embargo no todo son penas. Amparo, la recepcionista del concello, lo tiene claro, «estoy mejor sin teléfono». No es de extrañar, de cincuenta llamadas que tiene que atender en un día normal el ayer fueron cinco. Un día de vacaciones no viene mal a nadie, ¿O sí? Que se lo pregunten a los encargados de los cíber que más de uno se quedó a régimen de agua del grifo porque después de unas horas sin conexión y con los ordenadores desocupados en el bolsillo sólo hay clínex usados. Algo está claro. Las horas sin teléfono eran interminables. La mañana del martes resultaba ser una pesadilla en la comarca. Si para los que el teléfono es el centro de trabajo la cosa estaba negra, ni que decir tiene del mal rato que pasaban los adictos a la nueva telefonía móvil. Un ejemplo es Manolito, nervioso, agitaba su móvil una y otra vez. Merceditas no le llamaba. Ni una sola llamada perdida, ni un solo mensaje. El pobre enamorado no sabía que la telefonía le jugaba una mala pasada. Necesidades Alrededor de las dos de la tarde el pánico se había apoderado de los vecinos. La rotura de una línea fibra óptica les importaba un comino. «¿Es que en pleno siglo XXI todo va a depender de un cable?», se preguntaban los dezanos. Pues sí, las telecomunicaciones se olvidaban de nosotros. De que los taxistas también comen, de que los periódicos se envían por cable telefónico, de que a veces es necesario llamar a una ambulancia, de tantas que no podíamos solucionar sin el preciado aparato. Sólo faltaba salir a la calle y pedir teléfono como se le pide a Dios que llueva y a Santa Clara que brille el sol. Entonces llegó la solución. Minutos después de las dos de la tarde resucitó el teléfono. El milagro se hizo realidad. Volvíamos a ser individuos en plena conexión. Nuestra vuelta al pleistoceno sólo había durado unas fatídicas horas. El decir «Sí, diga», era una fiesta. Algunos gritaban «¡Cobertura!», como en su día Colón gritó tierra. ¡Ave, tecnología el Deza te saluda!