La «pata de palo» de François Le Clerc no le impidió ser un temible pirata en el siglo XVI. Su bravura, orgullo y autoconfianza no estaban en duda. El tenis español a través de Nadal, y ahora Alcaraz, tiene a dos dignos ejemplos de esa estirpe. El tenis ha sido mi pasión y no podía dejar de ver algún partido del Open de Australia. A mis 77 años el tiempo se acorta y uno se vuelve selecto de cómo usarlo. La inteligencia artificial y el chupete electrónico (el móvil), nos ha influido en la capacidad de sufrir, de pensar y de ser diferente, limitando la concentración profunda y muchas cosas más, que el tenis ha sufrido en demasía transformado al jugador en un robot.
No vi ningún partido anterior porque me aburro y opté por ver las dos semifinales y quedarme despierto toda la noche frente al televisor. Los últimos años el dominio de Sinner y Alcaraz sobre los demás es casi irrisorio y los dos son oponentes en la mayoría de las finales de los grand slams. La historia se iba a repetir.
Un amigo tenista, cuando le pregunté «¿quién te gustaría que gane?», me contestó: «Zverev y Djokovic, así podríamos ver a Nole ir a por su título 25 y a Zverev a por el primero». Su deseo me pareció ciencia ficción, una proeza, ya que los claros favoritos eran Sinner y Alcaraz. Sin embargo, el serbio venía con los planetas alineados, debido a ganar un partido por walk over y otro cuando iba perdiendo 2-0 a sets por abandono del rival. Esto le permitió llegar a la semifinal en óptimas condiciones físicas, sin el desgaste lógico y fundamental de los partidos previos.
Me senté frente al televisor y al principio me costó disfrutar del partido. Demasiados errores hasta el fatídico 4-4, cuando el alemán hace 2 dobles faltas y en el juego siguiente erra 3 devoluciones regalando el primer set. Carlos gana 6-4. Al comienzo del segundo, el español tiene la posibilidad de aprovechar el momentum de las dudas y temores del alemán, pero su concentración oscila entre la distracción y su talento; su sonrisa es un caso único y lindo de ver, pero le falta el instinto matador. Le gusta jugar en la cornisa, donde saca lo mejor de sí mismo. Gana el set 7-6. En el tercero sucede lo mismo hasta el momento crítico del partido: con 4-4 Carlos siente calambres en una pierna y comienza el drama. La cancha se convierte en un coliseo romano y aumenta el morbo, el suspense y la literatura. A partir de ahí, Carlos, «pata de palo», Alcaraz está físicamente impedido de correr, doblar sus piernas en el saque para tener potencia y se percibe el final. Gana Zverev 7-6.
Los comentarios del banco me volvieron a recordar mis épocas de infantiles: «mano suelta, mano suelta» «venga, sigue ahí», «sonría, vamos». Pensar que esto se prohibió en los torneos de niños y ahora es la cara del circuito ATP me produce una emoción especial: ¡El aliento humano ante todo! El español, con su «pata de palo», acude a unas estocadas maravillosas cada vez que está cerca de la pelota para impactarla y demostrar el enorme talento —único— entre los tenistas. El alemán, con sus dudas, se las arregla para no apurar el partido, desperdiciando en 3 juegos del saque del rival 0-30 y dándole tiempo para que su «jugo de pepinillo» actúe y se recupere del calambre. Zverev gana 7-6.
Llega el final de la película. Carlos está recuperado, pero como le gusta jugar en la cornisa pierde su saque en el primer juego (cedió los 2 primeros puntos). Grave error.
El alemán comienza mantener su saque y el drama gana en intensidad. Zverev levanta un juego de 0-40 y se pone 3-1. Era un momento clave, pero Carlos no lo aprovechó. El partido es cerrado, cada juego muy disputado, y el nivel es óptimo. Carlos intenta romper y casi lo logra en el octavo juego, con dos ventajas, pero no pudo. Correr desde atrás no es fácil, y menos en canchas rápidas. Solo le queda una oportunidad, y es en ese juego donde aparece la sombra del alemán. El momento crucial, y la fortuna se inclina del lado de la sonrisa. La historia pudo haber sido otra, así es la ley de la selva. Un partido épico que deja muchas cosas para aprender. Estar atento, «ver» y ser consciente es una buena señal, siempre se puede mejorar. En ese camino está Sinner con su madurez y actitud. Carlos puede crecer, madurar y aún sonreír. Le pregunté a mi amigo tenista su pronóstico para la final. «Quiero que gane Djokovic su 25º grand slam, clave un clavo en la cancha central de Melbourne y cuelgue la raqueta». Yo en cambio quiero que gane El Pirata.
Tito Vázquez fue jugador ourensano y capitán de Argentina en la Copa Davis