Ricardinho anunció el viernes que ponía punto y final a su carrera en el fútbol sala. Deja las pistas un genio, un artista, un malabarista con el balón, un maestro del regate como no hay otro. Cualquiera que no lo conozca no tiene más que recurrir a Internet y se quedará maravillado.
Pero hay otra faceta, que no tiene que ver con su talento y que lo hace todavía más grande: su cercanía a la afición. Cientos de aficionados que lo vieron jugar en el Multiusos de Sar cuando militaba en el Inter Movistar y el extinto Santiago Futsal competía en la máxima categoría, recordarán como al acabar el partido todos los jugadores de ambos equipo se retiraron al vestuario, excepto el internacional portugués. Había una fila de seguidores, formada espontáneamente, pegada a la pista, en una de las gradas laterales, de lado a lado. Todos querían un autógrafo y todos se lo llevaron, porque Ricardinho empezó en una esquina y acabó en la otra, después de atender las peticiones.
Quizás porque nunca olvidó sus orígenes humildes, cuando jugaba con naranjas si no había balones. Cuando supo que el Oporto lo descartaba por su baja estatura (1,65 metros) y supo reinventarse. Cuando pasar de un primer sueldo de cien euros a setecientos era un progreso en su carrera y un avance notable en la economía doméstica.
En tiempos en los que el deporte profesional se inclina cada vez más hacia el negocio y parece olvidar que los aficionados son la razón de ser, conviene reconocer a quienes no pierden de vista el papel de los hinchas. Sin esa pasión detrás no se movería el dinero que se mueve.
Muchos de los que acudieron a aquel último partido de Ricardinho en Sar, como el que suscribe, recordarán al artista pero, por encima de todas las habilidades, por aquel lento recorrido por la banda para corresponder al cariño. No hay regate que lo pague.