Hacía mucho que el Ángel Carro no registraba una entrada tan brutal, ni tampoco una unión tan estrecha entre el público y los futbolistas del Lugo. La Copa que mola es la de Leandro Antonetti, un puertorriqueño pulido en el juvenil y el filial de la ciudad amurallada, devorando solito a toda la defensa del Atlético de Madrid. La Copa del Rey que mola es la de Andrés Castrín, el central de Riotorto que por fin representa a la provincia en el primer equipo, haciendo temblar al larguero y a todo un diez veces campeón copero.
Mola la Arandina, un conjunto de la cuarta división, que mantiene a cero durante más de 45 minutos a todo un Real Madrid. Lo hizo en un césped que rara vez se ve en la élite y un estadio Juan Carlos Higuero que prácticamente triplicó su aforo habitual para acoger a 10.000 espectadores con un plan diseñado por los organizadores del Sonorama Ribera, el festival de música independiente que cada verano abarrota una pequeña localidad con apenas 30.000 habitantes en la provincia de Burgos.
Y mola el Jude Bellingham que dio una manta a un recogepelotas que tenía frío durante un partido que se disputó en la noche del sábado rozando los cero grados. ¿A quién no le sacó una sonrisita tonta pensando en una niñez plagada de sueños alrededor de una pelota?
Quizás, más que Supercopas en Arabia y Superligas, lo que hace falta para reconectar al mundo y al fútbol es acercarlo a la gente, sacarlo de la burbuja inaccesible en la que se ha instalado mientras debaten cómo repartirse el dinero que sacan a quiénes todavía quieren vivirlo.
Esta Copa devuelve un poco de ese fútbol cercano, romántico. ¿Por qué no expandirla aún a más equipos humildes? ¿Por qué no meter al Barcelona y al Madrid en los primeros bombos si esto va de conquistar a las niñas y niños?