Si la grandeza de una victoria viene tejida por el escenario, el nivel del oponente y el esfuerzo que requiere tumbarlo, la de Alcaraz ante Sinner es la conquista de su carrera. Nueva York trasnochó más que nunca, anclado en un frenético tú a tú entre dos guitarristas que suman menos años que Federer. Que buscaron golpes eléctricos hasta el último suspiro de un concierto antológico. «¡Háblame!. ¿A dónde saco? No sé a dónde sacar». Carlitos miraba a Ferrero, al filo de la desesperación, contra las cuerdas en el cuarto set. Sinner tuvo la bola de semifinales al servicio. Pero la bestia emergió con un doble break. De las 18 roturas de saque, Alcaraz firmó 11. Esa del cuarto set minó a Jannik, que se había revuelto con solvencia de la primera manga. Sinner había salvado cuatro bolas de set en el segundo. Se había hecho grande, demoledor, apoyado en un potentísimo saque que aplacó la suficiencia de Alcaraz.
En los puntos que determinaron el segundo set, Carlitos se había marcado el del torneo. Restó, y fue al intercambio con una maniobra antológica, girándose a la diestra para golpear de espaldas, como quien pretende impresionar con una pirueta en una exhibición, y acabó cruzando la réplica de Sinner, en la red, para equilibrarle el juego. Alcaraz es capaz de esas cosas. De divertirse en un momento decisivo, con las pulsaciones reventadas. Luego llegarían las cuatro pelotas que Jannik devoró para evitar el segundo set del español. Si en un partido se juegan varios, justo ahí comenzó el que llevaría a Carlitos a cuestionar a su entrenador qué táctica emplear. Sinner le había despertado los fantasmas de Wimbledon y de Umag, las otras dos veces que se habían cruzado este año. Y llevó a Alcaraz al límite, justo ese lugar en el que mejor se desenvuelve. Cuando el séquito de Sinner aguardaba en pie el último golpe, Alcaraz lo embistió. «¡Estoy hecho un toro, estoy hecho un toro!», gritó al tendido. Había mandado la partida al último eslabón.
A la velocidad que transcurrió todo a partir de ahí, impropia de dos titanes que llevan más de cinco horas sobre el parqué, Alcaraz devolvió el break de Jannik en el último y lo consumió hasta devorarlo con un último golpeo ganador, uno de los cinco ace —por los ocho del italiano— que certificó. Alcaraz terminó con 58 golpes ganadores y tan solo 38 errores no forzados, por los 63 de Sinner. Exprimió su repertorio y se ganó a un público que adora el espectáculo. «¿Cómo nos la vamos a jugar, con huevos, no?», le espoleó a gritos Ferrero desde el asiento. Alcaraz sigue explorando sus límites.