ue el holocausto es un tema muy serio no vale la pena ni razonarlo. Cada uno puede calificar como quiera a quien utiliza el genocidio judío de forma chusca como munición para mendigar unas risas. ¿Cuándo prescribe una broma de mal gusto, un desprecio, un delito de odio, una imbecilidad? Lo bueno de las sociedades más avanzadas es que uno puede ser estúpido en muchos idiomas a la vez. O, como ya dejó escrito Concepción Arenal, se puede «odiar el delito y compadecer al delincuente». Hasta que llega la policía de balcones de cuanto pasa, pasó o pasará. Por eso la última dimisión en la ya muy gafada organización de los Juegos de Tokio llegó hace unas horas. La historia se resumiría así. El actual director artístico de la ceremonia de apertura, el espectáculo televisado con el que el país organizador pretende epatar al mundo, dimitió después de que se produjese una oleada de críticas porque en el año 1998, durante una actuación, propuso «jugar al holocausto». Lo propio, ya puestos, habría sido suspender la ceremonia entera, un espectáculo parido por el mismo cerebro que hace 23 años cometió el delito. Cuando se mira tanto hacia atrás, lo complicado resulta poner un límite. Porque los Juegos Olímpicos nacieron sin mujeres, la reconstrucción del estadio Panathinaikó para la cita fundacional de Atenas en 1986 la patrocinó George Averoff, un tipo podrido de dinero por el comercio de esclavos y el ritual del relevo de la antorcha olímpica nació del régimen de Adolf Hitler para aquel extraño Berlín 1936.
Comienzan los Juegos, por fin, y ojalá el deporte silencie de una vez todo el ruido que se produce a su alrededor. Los Juegos del miedo en Tokio, del aislamiento por la pandemia, del aplazamiento de un año por el coronavirus, del silencio por la ausencia de público en los estadios y de la huida de patrocinadores. Eppùr si muòve!