Quitarse la medalla

DEPORTES

KIM KYUNG-HOON | REUTERS

22 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

P

ilar, hija de Moncho Gil, conserva la medalla de plata en una vitrina del salón de su casa en Vigo, prácticamente con el brillo que tenía hace un siglo, porque tenerla «es una riqueza, algo grandísimo». Ramón y Alejandro, nietos de Ramón González, hablan del «orgullo» de resguardar la primera presea coruñesa, que el año pasado mostraron sonrientes a toda la ciudad en el Ayuntamiento. Y aunque la de Luis Otero se perdió en una mudanza, basta con recuperar lo que respondió nada más retirarse del fútbol a cuál había sido su máxima emoción deportiva: «No lo olvidaré nunca. Fue en Amberes, en 1920. Me dieron puesto en el equipo enviado por España».

Ninguno de estos tres pioneros, de haber visto la final de la última Eurocopa, hubiese entendido qué hacían los jugadores ingleses arrancándose del cuello la plata que habían conseguido después de caer en los penaltis contra Italia. Casi se podría decir que despreciando todo el sudor invertido a lo largo de un mes de torneo. No, Luis Otero, Moncho Gil y Ramón González no lo comprenderían, como tampoco el resto de gallegos que no pudieron alcanzar la cumbre. Porque subirse al segundo o tercer escalón del podio significa estar entre los mejores de tu deporte y, por mucha rabia que dé en ese momento una última derrota, nunca debe traducirse en un gesto de arrogancia.

El olimpismo no entiende de desaires, sino de darle la mano al vencedor, como hizo Gómez Noya tumbado sobre la alfombra azul de Londres, y de respeto, como le tuvo Cal a los rivales que le arrebataron el oro hasta cuatro veces después de haberlo alcanzado a las primeras de cambio y con 21 años. Y si no, que se lo pregunten a Teresa Portela, que en Londres se quedó a 128 milésimas del colgarse un metal y es, seguramente, la gallega que más lo desea, más lo ha intentado y más lo merece.