A ver quién detiene a Dinamarca. Flota entre el animismo y el universo cristiano miracular de Dreyer. Entre La Pasion de Eriksen o de Juana de Arco y la resurrección de Ordet. Frente al toque danés, Gales quiso —si quiso algo— oponer el fútbol directo de la Premier. La tentativa duró los que tardó en anotar Dolberg. En esta Dinamarca milagrera, Dolberg es otro renacido. Iba para goleador de élite hace 5 años, killer del Ajax. Hasta que se le fue el santo. Acabó recalando en el indolente Nize. En Ámsterdam regresó al futuro como la estrella que estaba llamado a ser, aclamado por diez mil daneses que entraron y salieron de Holanda en menos de doce horas para metamorfosear el Cruyff Arena en prolongación del Parken Stadion de Copenhague: su Teatro de los sueños que ahora teletransportarán a Bakú.
A Gales y a Bale le sobraron los octavos. El de Cardiff ya extrañaba el green y el hándicap 4.4. No iba a llevarse a su caddy hasta Azerbayán. Cuando el árbitro retrasó el final, pendiente del VAR para dar el 4-0 al inefable Braithwaite, Bale alzaba los brazos en protesta. No fuera que no llegase a calentar el swing antes de hacerse de noche.
Italia se había dado la vuelta como hermoso calcetín. Guarda cierta lógica que este reverso de la azzurra rozase la debacle. La Italia de los arranques misérrimos que limosneaba empates con Perú o Camerún en Balaídos, campeonó ante Alemania. El once de Mancini maravilló en la fase previa. Y casi pega el reventón en la primera curva. Ante Austria, una Alemania C y cuyo mascarón de proa —con permiso de Alaba y del nacionalismo madrileño— es Anautovic, ese ogro del torneo que se ganó una amarilla cuando aun resonaban los himnos. Salvados los italianos del K.O por el Var, su ADN ganador anegó la prórroga. Y envió a Arnautovic a Shangai. Y a Alaba a la Finca o a La Finquilla.