El nuevo orgullo de Igor Kustov

El subcampeón del mundo ha regresado al balonmano entrenando a los porteros del Octavio


vigo / la voz

Praga, 10 de marzo de 1990. 14.000 personas abarrotan las gradas del principal pabellón de la ciudad, donde Suecia y la URSS se disputan el cetro mundial de balonmano. Es un acontecimiento planetario. Luis Miguel López y Juan de Dios Román retransmiten por La 2 de TVE jugada a jugada un partido que los nórdicos se llevan finalmente 27-23. En el bando soviético el segundo portero, un joven llamado Igor, con su mata de pelo negro y el dorsal 12 en el chándal, se queda a solo un peldaño de la gloria suprema.

En ese momento todavía no es consciente de que acaba de conseguir algo que la mayoría ni se atreve a soñar. Es subcampeón del mundo, aunque hoy, casi tres décadas después, desde su puesto como entrenador de porteros del Academia Octavio apenas le echa cuentas. «Han pasado muchos años, ya casi no me acuerdo», dice Kustov con la economía de palabras que le define. Él sabe lo que es vivir en lo más alto pero también salir a faenar como un marinero más. Atrás quedan sus tiempos como jugador y los años en los que hizo de la pesca su medio de vida. Hoy su presente es enseñar a los más jóvenes lo que un día le enseñaron a él. A parar.

Igor Kustov fue durante años sinónimo de cerrojo en las porterías. Solo mentar su nombre imponía respeto. Pero el tiempo pasa, la vida cambia y todo tiene un final. Su adiós deportivo cuajó hace media docena de años en el Chapela, donde, de algún modo, su etapa como deportista ya había vivido una prórroga. Desde entonces el balonmano había desaparecido de su vida. «Desde que lo dejé no había vuelto a saber nada del deporte», explica. Lo suyo no es el exhibicionismo sentimental, por eso cuando se le pregunta si lo echaba de menos, responde a la gallega, «hombre, toda una vida jugando, quieras o no quieras...».

Hace un par de años se animó a echar una mano con los juveniles del Seis do Nadal, aunque duró un suspiro. Pero cuando este verano Mingos da Cunha asumió la dirección deportiva del Octavio y más tarde el primer equipo, le reclamó. «Habíamos coincidido, me había llevado con él para el Seis do Nadal y cuando vino para el Octavio me propuso coger los porteros. Así empecé».

Kustov jamás se había planteado entrenar, y mucho menos a chavales que van desde infantiles a sénior. «No se me había pasado por la cabeza que podría entretenerme estando con los chicos y enseñándoles cosas, pero estar del otro lado también me está gustando». El primer día que se plantó en As Travesas para dar indicaciones en vez de recibirlas fue especial. «Fue como volver al mundo en el que estuve mucho tiempo, era algo nuevo para mí, pero estar al otro lado me está gustando».

Historietas del Mundial

Cuando Kustov se proclamó subcampeón del mundo ninguno de sus aprendices había nacido siquiera. Algunos posiblemente no habían escuchado su nombre hasta hace poco, pero ahora lo tienen bien presente. De vez en cuando le preguntan por sus tiempos en la élite, «se interesan por cómo era antes. El otro día vieron vídeos del Mundial en Internet y me lo contaron. Los más pequeños no sabían quién era, alguien se lo diría, me tienen mucho respeto», cuenta pudoroso. Él satisface su curiosidad con algunas anécdotas, «les cuento algunas historietas, pero ya pasaron tantos años...».

Lo que más ha asombrado a Kustov ha sido su capacidad para que sus jugadores le presten atención. «Para mí lo importante es que me escuchan, que me hacen caso, y eso es muy bueno», dice al tiempo que confiesa con cierta vergüenza que para él todo esto es algo novedoso. «Me siento un poco raro, no sé, me resulta extraño. Toda la vida escuchando ‘tienes que hacer esto o aquello’ y ahora soy yo el que les tiene que explicar».

A lo largo de más de tres décadas Kustov aprendió todos los secretos de la portería, pero transmitirlos es harina de otro costal. «Intento enseñarles lo que me enseñaron a mí, porque unos cuantos entrenadores, los tuve», resume. Por lo de pronto, está encantado con los chavales a los que entrena y ya se ha llevado la primera satisfacción. «Alguno me dice que el año pasado paraba muy poco y que ahora empieza a parar. Yo me digo, pues mira, por lo menos aprendió algo». El nuevo orgullo de Igor Kustov.

«Cuando llegué a Valencia, aquello no era para mí: campos y campos de naranjos»

«Uff... desde el 96». Así arranca la narración de la vida de Igor Kustov en España. Fue ese año, con los noventa en plena efervescencia, cuando dejó atrás su San Petersburgo natal y decidió probar fortuna en el balonmano español. «Cuando llegué a España me fui a Valencia -comenzó en el Alzira-, y para mí, que venía del norte de Rusia, era de lo más extraño. Aquello me parecía muy aburrido, campos y campos de naranjos, zonas casi desiertas… No era para mí. Me vine para Galicia y me dije: ‘Bien, esto ya se parece más’». Tanto se parecía, que no regresó más a su tierra. «Llegué y ya me quedé aquí. Me gustó y estaba a gusto. En algún sitio tenía que quedarme, no iba a andar de aquí para allá». Jamás dejó hueco para la morriña.

Desde entonces han pasado más de dos décadas con días de gloria y otros no tanto. Cuando vio que el balonmano tocaba a su fin, el subcampeón del mundo se enroló en la pesca aunque los fines de semana regresaba a la pista. Hace un par de años dejó el mar y ahora el balonmano ha entrado de nuevo con fuerza en su vida. «Ahora solo estoy con los chicos, desde los infantiles hasta los mayores, y estoy disfrutando bastante». Entrenar no pasó nunca por su cabeza, pero ahora es una opción más. «Voy a plantearme hacer el curso de entrenador más adelante». Quién sabe si los banquillos le esperan.

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