El gallego que descubrió Hawái

El vigués Javier Beltrán, casi autodidacta, fue en 1995 el primer gallego en el mítico iroman


Antes de que los Iván Raña y Javi Gómez Noya se convirtiesen en referencias mundiales del triatlón hubo un gallego en Hawái, el vigués Javier Beltrán, que en 1995, y con 40 años de edad, corrió y acabó el mítico ironman después de conseguir la clasificación en la prueba de Lanzarote. Entonces eran autodidactas y precursores. Porque se metían palizas físicas para aguantar y porque iban desbrozando el camino de la disciplina en Galicia a base de organizar pruebas y de poner en el mapa el triatlón. «Es una experiencia increíble, pero que conste que como circuito me gusta mucho más Lanzarote. Pero Hawái es Hawái en el sentido del caché que tiene la prueba», recuerda Beltrán.

La cuenta atrás para el Ironman comenzó para este vigués en los años 80, cuando después de hacer atletismo descubrió el triatlón. En aquellos tiempos organizaron la primeras pruebas en Vigo, de un modo muy aficionado, y por esa vía descubrieron el ironman, «que nos parecía algo inasumible, pero nos liamos la manta a la cabeza».

El puente hacia Hawái pasaba por Lanzarote y allí se fueron Beltrán y dos compañeros (Benito Guerreiro, de A Guarda, y Miguel Abreu, de Vigo). Javier, que tenía 38 años, acabó en 11 horas y 30 minutos y, lo más importante, se dio cuenta de que la clasificación por grupos de edad para la prueba de Kona no estaba tan lejos «porque entonces había menos gente y era más fácil». «Seguí entrenando y dos años después lo conseguí», recuerda.

Beltrán se clasificó para el Mundial de Hawái compatibilizando los entrenamientos con el trabajo y con dos críos en casa, a base de meterse palizas increíbles. «Por ejemplo, los sábados y los domingos nos íbamos a la piscina municipal a As Travesas, nadábamos dos o tres mil metros, iba para casa, cogía la bici e iba a O Grove y volvía, 140 kilómetros, y luego corría por la autovía 15 o 16. Lo único que hacíamos era destrozarnos porque nosotros pensábamos que lo único que había que hacer eran kilómetros cuando ahora hay otros sistemas de entrenamiento», recuerda el precursor, que durante la semana tenía un horario no menos espartano: «Nadaba un par de días, corría tres por el parque de Castrelos y alguna jornada a mediodía hacía una escapadita en bici. El tiempo libre del que disponíamos lo dedicábamos a entrenar». También a conseguir financiación para reunir las 500.000 pesetas (3.000 euros) necesarias para ir a Kona.

Clasificado en mayo y convocado para Hawái en octubre, tenía claro que su único reto era acabar y disfrutar. Por eso se fue cuatro días antes cuando muchos de sus rivales lo hacían con dos semanas de antelación. «No iba con intención de hacer ningún resultado, mi única obligación era terminar para responderle a la gente que me había ayudado a ir, y lo terminé en 11 horas 50 minutos. Hice peor tiempo allí que en Lanzarote, pero es que corrimos a 38 grados con el 80 % de humedad, en unas condiciones muy duras y con mucho viento».

¿Y cómo es el momento de llegar a la meta? «Me llevé una gran alegría y cuando vi a mi mujer en la meta me dejé llevar. Todo el mundo emocionado, es un momento personal», recuerda. Aquel día coincidió con Mark Allen, uno de los primeros campeones de triatlón e inmortalizó el momento con una fotografía para el recuerdo. Imborrable como aquella experiencia de un triatleta aficionado que nunca se consideró campeón de nada (aunque tenga un gallego de duatlón) y que fue el primero en abrir camino a miles de kilómetros de distancia. En la meca.

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