María Vilas: «Ya no odio la natación»

La olímpica María Vilas explica cómo superó la depresión que le hizo dejar la Blume y renunciar a la élite para ahora disfrutar de entrenamientos lúdicos en Alcobendas y un trabajo en Decathlon


REDACCIÓN / LA VOZ

«El otro día, cuando me fui a cenar, me dolían hasta los mofletes de tanto reír, de pasármelo bien en la piscina».. Justo un año después de aparcar la natación, harta de la presión de las marcas, de vivir 24 horas dentro de una burbuja de renuncias y sacrificios, María Vilas (Ribeira, 1996) disfruta de su deporte, de otra manera, y repasa con sinceridad su etapa más difícil. Vuelve a brillar el sol para una de las mejores nadadoras gallegas de todos los tiempos, superado un proceso depresivo del que prefiere hablar lo justo. Afincada en San Sebastián de los Reyes como parte de su nueva vida, se entrena en la piscina M86, milita en el Alcobendas, trabaja en un centro de Decathlon y estudia segundo de Bachillerato. Ahora casi no recuerda ni los puestos de sus últimos campeonatos.

Ese es el síntoma de su nuevo estado de felicidad. Del enfoque con el que vive desde hace unos meses sus horas en el agua. Para entender la forma con la que ahora nada, conviene regresar dos años atrás. En la primavera del 2016, a punto de cumplir los 20, Vilas era un portento. Las marcas no paraban de bajar. Aunque en el fondo iba inmersa en una carrera hacia ninguna parte, por culpa de una presión que no había elegido de forma consciente. Se había ido dejando llevar por lo que se esperaba de una chica tan talentosa y disciplinada. Capaz de machacarse en sesiones de kilómetros y kilómetros. Todo el día. Un esfuerzo que se traducía en récords y billetes a las mejores pruebas del mundo.

PROBLEMAS CON VERGNOUX

«Había cosas que no me gustaban. No supe llevar la presión y estar las 24 horas por y para la natación». Vilas formaba parte entonces del equipo de élite que dirigía en Barcelona el francés Fred Vergnoux, con Mireia Belmonte como bandera. Camino de los Juegos de Río, explotó, hastiada de parte de los peajes de la élite entendida de forma salvaje. Se hartó varias veces. No hubo un día exacto en que se quebrase su ilusión. Aunque una vez hizo las maletas y se marchó a Ribeira. Sucedió en Sierra Nevada unas semanas antes de la cita olímpica.

«Más allá de luchar por un objetivo, había cosas que no me gustaban. Gané la medalla del Europeo [bronce en el 1.500 libre de Londres], pero no supe llevar la presión y estar las 24 horas por y para la natación. Me desgasté demasiado. Ya antes de los Juegos me costaba salir a entrenar. No por el esfuerzo, porque a mí me decías que hiciese 20.000 metros y los hacía, pero necesitaba estar feliz, en un clima de buen rollo. Y la presión alrededor de Mireia es otra cosa. Cada uno marca su límite y yo necesitaba mis ratos de desconexión. Llega un momento en el que no aguantas por la presión que hay dentro del grupo; ya no entrenas para disfrutar».

Desde niña volcada en la natación, primero en Ribeira, luego en Pontevedra y después en Barcelona, Vilas transitaba sobre la fina línea que separa el alto rendimiento del esfuerzo sobrehumano. Algunos detalles de su preparación espartana en el grupo de Belmonte le dolían. El pulso entre la disciplina y el instinto lo ganó entonces la responsabilidad de llegar a Río. Y la necesidad de cumplir un sueño. Disfrutó del ceremonial olímpico, se fotografió en un autobús con Michael Phelps, cayó eliminada en las dos series, de 400 estilos y 800 libre... Y descansó.

TRASLADO A MADRID

«Mi cabeza estaba mal, empecé a ver a la psicóloga de la Blume. Ya estaba cansada de entrenar» . Al final del verano del 2016 rebuscó otro camino para ser feliz en la élite. De Barcelona, a Madrid; de Fred Vergnoux, a Bart Kizierowski; de Belmonte como compañera, a tener a su lado a su amiga la nadadora pontevedresa Bea Gómez. Todo debía encajar.

Pero pasaron los días y la rutina no le llenaba. «Mi cabeza estaba mal. Empecé a ver a la psicóloga de la Blume. Ya entonces estaba cansada de entrenar o de que la gente me hablase de eso. Pero aún no sabía que terminaría dejando de nadar. Hasta que más tarde vimos que era lo mejor». Paró y cambió de vida. Prefirió hacerlo lejos de casa, diluida en el anonimato de la gran ciudad. «Lo dejé por completo. Casi llegué a odiar la natación. No estaba segura de querer volver a Galicia. En el pueblo era ‘‘María la nadadora’’, y quería tranquilidad».

VIDA ANÓNIMA EN LA CAPITAL

«Tenía depresión. Me mudé a un piso a buscarme la vida» . En marzo del 2017 Vilas llevaba meses con la psicóloga, e iba bien. Algo que también le ataba a Madrid «porque no con cualquier psicólogo estás a gusto». ¿El diagnóstico? «Prefiero no hablar mucho de eso. Tenía depresión, en la que hay distintos grados. Podía seguir en la Blume porque ellos me querían ayudar, pero odiaba la natación. Los últimos meses ya ni nadaba ni estudiaba. Me mudé a un piso, sin trabajo, a buscarme la vida. Hablé con la familia, los entrenadores y la psicóloga. Y todos lo entendieron». Ahora trabaja en Decathlon, lleva varias asignaturas de segundo de Bachillerato y la rutina de una chica de 21 años.

Pero el corazón de Vilas palpitaba todavía al ritmo de una nadadora. Varada en tierra, pero nadadora. Por eso cuando el cielo se cubría con las primeras nubes del otoño volvió a ajustarse las gafas y el gorro para lanzarse al agua. «Me apetecía hacer deporte, y como tenía la piscina al lado, empecé a ir al Club Natación Alcobendas. Algunas veces, un día a la semana, o tres, y otras no paso por allí. Es una manera de mantener el contacto con la natación y algunas personas. Quiero disfrutar de la piscina».

REGRESO AL AGUA

«Lo primero era disfrutar. Y estoy contentísima». Claro que una olímpica nunca cuela como una anónima en una piscina. Así que pronto la intentaron animar a competir. Aceptó con una condición: no había obligaciones. «Les dije que iría a las pruebas que fuesen para el club, como la Copa de Madrid y los circuitos, pero no a un Campeonato de España porque exigiría implicarme y la obligación de nadar. Y para mí lo primero era disfrutar de la natación sin compromisos. Desde ese día me recibieron con los brazos abiertos y estoy contentísima». En diciembre debutó en una prueba regional en Madrid. «Hacía tiempo que no disfrutaba tanto en una piscina. ¡Gracias por hacerlo posible!», exclamó en las redes.

COMPETIR DE OTRA FORMA

«Acabo reventada, pero es diferente». En Alcobendas nada sin normas. Y repitió. Y repitió. Y repitió. Compitió en Madrid, y hasta en Italia. «Ahora es distinto. Estoy todo el tiempo riéndome con la gente de mi club. Si no entrenas, no puedes compararte con la María de antes. Pero es que esa María ya no la hay. Voy sin nervios, a pasármelo bien. Y no se me ocurre nadar un 1.500, sino distancias más cortas. Acabo reventada, pero es diferente», matiza. Hace diez días disputó los 400 libre del Nacional de Málaga. Sin presión, feliz. Eliminada en la serie fuerte. Una anécdota.

Semanas antes, había nadado cuatro pruebas en una cita menor. «En una fui quinta. Ni lo sé. Disfruto cosas que antes ni notaba porque entrenaba, competía y descansaba». Así que Vilas solo lamenta no haber cambiado de vida antes. «Fue la mejor decisión. Ya no odio la natación. Ahora echo de menos a mi familia, pero tengo libertad para ir a casa».

Hace días, cuando compartió su nueva vida con La Voz, la última visita a la psicóloga había sido en diciembre.

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