Un fichaje de lo más familiar

La lalinense Cecilia Cacheda convivió durante cuatro años con el entrenador y su mujer para poder jugar en el Balonmán Porriño. Hoy es una de las figuras del equipo

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vigo / la voz

«Se non fora por Abel, que aquel día veu falar cos meus pais, eu hoxe non estaría xogando no Balonmán Porriño e moito menos en División de Honra», dice Cecilia Cacheda sin asomo de duda. La charla a la que se refiere sucedió hace casi ocho años en Lalín y, aunque la central no lo sabía entonces, esa conversación cambiaría su vida para siempre.

Cuando tenía 13 años, se encontró con que el Balonmán Lalín, su club, no podría sacar equipo cadete para la temporada siguiente. Un disgusto para la central al que Abel Estévez, entonces técnico en la cantera del Porriño y seleccionador de Cecilia en el combinado autonómico, encontró solución. «O club expúxolle a posibilidade de que viñera para o Balonmán Porriño pero atopámonos con que non dispoñiamos dunha residencia de estudantes na que puidese vivir. Así que falamos cos pais e dixémoslles que podía vivir coa miña familia ata que fose maior», recuerda el entrenador.

«Pode parecer estraño, pero eu o que quería era seguir xogando e a proposta deportiva do Porriño era moi boa. Xa tiña confianza con Abel de levar dous anos con el na selección, así que non o dubidei», desvela Cecilia. Con el respaldo del Porriño, el técnico planteó que la central se fuese a vivir con él y su mujer -entonces novia-, y la familia de Cecilia, que conocía la seriedad de Abel y del club, solo puso una condición. «Que non fallara nos estudos, e evidentemente non fallou», destaca el entrenador, recordando la Ingeniería de Telecomunicaciones que su jugadora está cursando.

Con catorce años, la central hizo las maletas y se fue a cien kilómetros de su hogar para vivir entre semana con Abel y su mujer, Lorena, que había sido su delegada en la selección. Desde el minuto uno el planteamiento fue claro: si querían que la convivencia funcionase, la confianza tenía que ser plena. «Non foi chocante. Foi unha relación baseada na confianza e axudou moitísimo a miña muller. Creo que ela foi a que máis responsabilidade asumiu», cuenta el técnico. «Nós daquela non tiñamos fillos e foi un curso acelerado de como tratar a unha adolescente, sempre llo digo [risas]. A sorte que tivemos é que os pais de Cecilia, que están sempre moi pendentes, xa fixeran un traballo excelente con ela. É unha rapaza moi responsable», explica.

En el nuevo entorno familiar se instauró una convivencia tranquila y rutinaria. «Erguíame cedo, ía a clase, volvía, comía e ao pouco xa marchaba adestrar», cuenta Cecilia. El entrenador se encargó de gestionarlo todo con el nuevo instituto y acudía a las tutorías. Mientras, en el pabellón de O Porriño, la lalinense se iba labrando una carrera prometedora que la ha llevado a la élite del balonmano.

Durante los casi cinco años que Cecilia convivió con la familia Estévez, fue una más. De hecho, «o primeiro fillo de Abel naceu cando eu vivía con eles e considéroo un irmán pequeno», proclama la jugadora. La convivencia funcionó a la perfección y, como en todo hogar, también hubo tiempo para alguna discusión -«poucas», concretan los dos- en las que técnico y jugadora, que admiten entre risas que tienen caracteres muy parecidos y tercos, querían tener la última palabra y en las que Lorena se encargaba de poner luz.

Pero más allá de la convivencia, para Abel y para Cecilia siempre ha sido fundamental que la relación personal que se fue construyendo no tuviese repercusión en lo deportivo. En los primeros años la central tuvo otro técnico hasta que su talento la llevó al primer equipo, donde Estévez la dirige. Aunque Abel reconoce que fue un caso excepcional, no puede ocultar una nota de orgullo al decir: «Tes que saber moi ben por quen apostas». A Cecilia le brindaron una oportunidad única que ha aprovechado al máximo.

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