El talento de Federer tiende al infinito

Gana con 35 años su decimoctavo grande a un Nadal que le exigió un compendio magistral en Australia


REDACCIÓN / LA VOZ

Con 35 años, Roger Federer demuestra que el talento tiende al infinito. La edad puede reducirse a una anécdota si la creatividad, la clase y la agresividad se alinean durante algo más de tres horas y media sobre una pista de tenis. Cuando se acompasan todas las virtudes que han convertido al suizo en uno de los grandes deportistas de todos los tiempos, ni siquiera le frena un gigante como Rafa Nadal, su némesis de los últimos tres lustros. Juntos levantaron ayer un monumento al tenis en la Rod Laver Arena de Melbourne. Ganó el suizo, pero la ejemplar resistencia del español elevó la partida al nivel de los grandes clásicos, como aquellos que cincelaron a finales de la década pasada. Los números de la victoria por 6-4, 3-6, 6-1, 3-6 y 6-3 confirman la huella que dejará un combate superlativo: Federer suma su decimoctavo grande, su quinto Open de Australia y el título número 89 de su carrera. El suizo, que abrió la temporada como una incógnita, después de seis meses sin competir por una lesión de rodilla que se produjo bañando a sus hijos, pone otra vez el circuito patas arriba. La última revolución del tenista más elegante del siglo XXI. Abrió el torneo como el jugador número 17 del ránking mundial, y siete partidos después recupera de momento el décimo puesto. Desde ahora se convierte en favorito para todo cuanto evento pise. Con permiso de Nadal, por supuesto. Como en los viejos tiempos. Y con el máximo respeto hacia los jugadores con mayor ritmo y regularidad de los últimos años, Djokovic y Murray.

A medida que la exhibición de Federer se consumaba, se iban derribando las cautelas que su propia historia exigían levantar sobre su actuación ante Nadal. Arrancó el suizo excelso, como tantas otras veces hizo impulsado por la frescura del arranque de una final. Ventiló el primer set en 34 minutos. La reacción de Nadal resultó directamente proporcional. Cuatro juegos seguidos le devolvieron al partido antes de cerrar el segundo acto, con el duelo ya convertido en su clásica lucha de estilos.

Federer, campeón

Como si fuese una máquina lanzapelotas, Nadal remitía bolas altas con efecto al revés de Federer, trataba de mover al veterano (con 35 años ya puede jugar torneos de esa categoría), intentaba tomar la iniciativa. Pero el suizo apenas le dejaba margen para plasmar ese posible plan de ataque. Plantado junto a la línea de fondo, no dejaba que la bola se levantase, aprovechaba la fuerza que traía para devolverla convertida en un misil. Restaba adelantado y ejecutaba sus golpes a bote pronto. Ese plan alcanzó la perfección durante un tercer set impecable. Sobre la pista danzaba entonces, otra vez, el mejor Federer de todos los tiempos, sin que quepa imputarle a Nadal ni un solo reproche. Cuando un rival sirve a las líneas, ataca con tanta precisión y se mueve como un veinteañero, solo cabe aplaudir y esperar. En el rostro siempre pétreo del mallorquín se filtraban algunas muecas de resignación. De aceptación de lo innombrable, la superioridad del suizo cuando aúna todos los resortes de su tenis en uno de esos instantes Federer, como resumió el escritor David Foster Wallace en El tenis como experiencia religiosa.

El guion idóneo para el español

Claro que Nadal, aunque admita la excelencia del rival que tiene al otro lado de la red, no es de esos tenistas que entregan la raqueta antes de tiempo. Así que en el cuarto set trató de apartar a Federer de su zona de confort buscando ángulos cortos. Uno de esos golpes cruzados imposibles le concedió el 4-1 tras uno de los mejores intercambios del día.

El viaje al quinto set animaba a rescatar esos mínimos puntos débiles de la historia de Federer, que llevaba casi un lustro sin ganar un grande (Wimbledon 2012) y que sumaba otros cinco sin derrotar a Nadal en el partido definitivo de un major (Wimbledon 2007). Sus altibajos, su ligera falta de instinto asesino, su menor resistencia en comparación que Nadal, quien le supera en fortaleza mental y física... Por ahí afloraban las dudas. Más todavía cuando el suizo se marchó al vestuario para ser atendido por sus molestias en el adductor derecho. Volvió y cedió el primer juego con su servicio y se vio con 1-3 en contra. Y, contra toda lógica, se levantó. Se recuperó como hacen los grandes maestros en situaciones adversas. Encadenó cinco juegos a un ritmo altísimo, ganando intercambios largos (uno de 26 golpes, coronado por un ganador inapelable). Ofreció un compendio de su tenis de artista: servicios, derechas, reveses, voleas... Todo lo tiene y todo lo bordó. Un drive cruzado, que pasó la revisión del sistema del ojo de halcón, puso el último instante de suspense en la final. Y entonces ya pudo llorar, esta vez de emoción, para enjugar las lágrimas de su derrota ante Nadal en el Open de Australia del 2009. Y añadir un triunfo maravilloso a esta última etapa de su carrera. Larga vida a Federer y Nadal.

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