Amor por el balón

Antón Bruquetas TRIBUNA

DEPORTES

14 dic 2022 . Actualizado a las 18:13 h.

Mucha gente lo tenía por un hombre de negocios que se metió al fútbol para cumplir un capricho de millonario, pero la realidad es que Isidro Silveira era todo lo contrario, algo mucho más complejo de ver: un hombre de fútbol al que le había ido bien en las empresas. Regresó al mundo del balón, porque en realidad aquel chaval coruñés que jugó en el Celta nunca se había ido. Rescató al Racing de la ruina e invirtió su dinero en reverdecerlo por un solo motivo: era lo que más le gustaba, nada le llenaba más que sentirse cerca del campo. Como ya no podía sudar sobre la hierba, lo hacía en los despachos. Se fijó una meta y la logró hasta en tres ocasiones.

Con cada ascenso a Segunda, su figura imponente se descosía. La última vez, hace ya demasiado tiempo, en Alicante. Mientras en el vestuario la adrenalina disparaba las lágrimas, él se sentó unos instantes en la grada y en soledad encendió un cigarro. En cada bocanada a su pitillo de tabaco negro miraba al cielo como si en aquellos instantes estuviese tan cerca que lo pudiese tocar. Cuando se le consumió entre los dedos esbozó esa sonrisa socarrona que le cubría constantemente la cara. Exhalaba éxito.

Para él los viajes con el Racing eran una especie de terapia. Los hacía siempre en coche, junto a su mujer. Tenía dinero suficiente para pagar un billete de avión, pero aseguraba que por el aire se iba demasiado rápido. «Casi no da tiempo a hablar», decía. Y así se recorrió España un ciento de veces, pegado a su equipo, al que logró que se respetase por un calificativo en desuso: honrado. Desde que se encaramó a la presidencia del Racing jamás faltó a una cita con una nómina. Es su impronta en el escudo. El valor añadido a la imagen de marca, aunque a demasiados -no solo en Ferrol- les cuesta apreciar en ello una virtud.

Luego apareció el cáncer. Lo abordó en la intimidad y en Galicia. Ni Houston ni Navarra, la Seguridad Social. «El sistema público de salud que tenemos es un tesoro», proclamó después de ganar su primera batalla. En ese momento se desnudó como pocos lo habrían hecho en una conmovedora entrevista en La Voz. Isidro no hablaba de él, sino que se encargó de ponerle voz a quienes padecen esa terrible enfermedad. Quiso derribar de una tacada los estigmas que le había tocado vivir. Los propios de un ser humano cuando siente que va a terminar desarbolado. Fue otro gesto precioso de un legado maravilloso.