El valor del deporte


Para explicar que los Juegos iban a ser un fracaso para Brasil no era necesario que se celebrasen. Su imagen llegaba tan deteriorada que en el mejor de los escenarios posibles sólo recuperaría el prestigio que había perdido cuando la olimpiada se comenzó a consumir y daba la impresión de que Río no llegaría a tiempo. Y luego el país realmente sólo se emocionó con dos hitos: las tres medallas de Isaquías Queiroz y el oro olímpico del equipo de fútbol, el menos olímpico de todos los deportes.

¿Y a España? ¿Cómo le fue en estos Juegos? Los números parecen impecables. Las mismas medallas que en Londres, pero con un batallón de oros más notable. El más numeroso si prescindimos del escaparate de Barcelona, hijo de la transición, de cuando España necesitaba reafirmarse ante el mundo, y donde se rompió la hucha para salir aseados en la foto. Pero debajo de las cifras, de los números y la emoción del momento, queda otra impresión. La de que sigue la crisis y que el deporte tampoco ha escapado de la recesión. Que las proezas, más que de un esfuerzo colectivo, nacen de sacrificios personales. Y que si el viento no empieza a soplar en otra dirección, el manantial se acabará por secar y sólo quedará dar patadas a un balón.

Porque cuando un olímpico entrado en la treintena asegura que únicamente ha cotizado un año a la Seguridad Social y que teme por su pensión y otro dice que espera conseguir, por fin, un contrato fijo para tener una estabilidad económica, es que algo falla en el sistema. Tal vez, esta sociedad aún no le da al deporte el valor que merece. Ni los presupuestos públicos ni las cuentas de las grandes empresas privadas invierten lo suficiente en lo que se aprende en una piscina o sobre el tartán, en lo que reporta estar rodeados de personas con una indudable capacidad de sacrificio y con un permanente espíritu de superación.

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