Ya había entrenado durante 10 días en el Lord’s Cricket Ground. Aquel viaje de aproximadamente una hora en bus desde la Villa Olímpica hasta el campo de tiro lo había repetido cada día desde que había pisado Londres. Sin embargo, ese día era diferente, ya no había entrenamientos, comenzaba el momento de la verdad: la competición.
Recuerdo que llegué y vi las puntuaciones que habían hecho los chicos en la primera ronda, los coreanos estaban a punto de batir el récord del mundo. ¿Qué tipo de ser humano bate récord del mundo en una competición como los Juegos Olímpicos? ¿No se ponen nerviosos? ¿No tienen presión que les haga fallar? Son cuatro años preparando una sola competición en la que ganar o perder puede depender de milímetros? Me decidí por no pensar en ello, ya que pronto sería yo la que estaría ahí tirando mis flechas.
Cuando fue mi turno en lo primero que me fijé es que había una bandera clavada en el suelo detrás de la línea de tiro en la zona de mi diana. Eso quería decir que la campeona del mundo tiraba conmigo pero, sin duda alguna, lo que marcó la diferencia con otras muchas competiciones internacionales en que había tirado, fue la cantidad de periodistas y fotógrafos que había allí. Algunos, incluso me seguían hasta la diana haciéndome fotos sin parar.
Y de pronto, se terminaron los calentamientos, llegaba la hora de la verdad y yo no sabía si estaba del todo preparada para sumarme a todo aquello. Tuve que saltar a los periodistas que había en la zona de prensa, entre la línea de espera y la de tiro, porque eran tantos allí agachados que no podía ni pasar. Me armé de valor y me repetí que no debía pensar en nada más que en disfrutar de la competición, sin pensar en lo ajeno, sin pensar en que estaba ‘inaugurando’ unos Juegos Olímpicos? Y lo logré. ¿La puntuación? Podía haber estado mejor, aunque también podían haberme traicionado los nervios y haberlo hecho mucho peor; eso sí, puedo asegurar que disfruté como una niña con un juguete nuevo. A esa atmósfera especial se enfrenta hoy Miguel Alvariño.