Otro Froome, el mismo resultado

El británico conquista su tercer Tour con menos oposición de la esperada y asumiendo más riesgos


redacción / La voz

Ponerse a la altura de Greg Lemond en la historia del  Tour de Francia no es un hito cualquiera. Desde ayer, Christopher Froome (Nairobi, Kenia, 1985) ya puede presumir de haber acabado en París vestido de amarillo en tres ocasiones, las mismas que el norteamericano. La etapa de los Campos Elíseos se la llevó Greipel que en el esprint superó a Sagan, de nuevo segundo. Pero el verdadero protagonista por la gran avenida de la capital de Francia, sin duda alguna, fue el líder del Sky, que jamás se habría imaginado haber llegado tan alto cuando era un crío y mataba las horas montando en una bicicleta de hierro por la sabana africana.

Es difícil adivinar cómo un ciclista con un alma tan rústica se ha convertido en la bandera de una revolución tecnológica -en eso también se asemeja a Lemond, que lideró el uso del manillar de triatlón en las cronos-. La de Froome es la era de los vatios. Todo gira en torno a una pantalla alojada en el manillar que dice conocer mejor el cuerpo de un corredor que el propio corredor. Sabe incluso cuántas pedaladas le quedan hasta la meta. Él no se fía de otra cosa, ni siquiera de sus piernas. Sin embargo y pese a que finalmente no tuvo la oposición que se esperaba, hubo en el británico -nacionalizado en el 2008- una forma diferente de afrontar la ronda por etapas más importante del mundo. Tuvo que ver con la calculadora, pero también con el corazón. Solo así se explica que su primer ataque fuese bajando.

Lo que hizo Froome durante este Tour no se entendería sin regresar al 26 de julio del año pasado. En la penúltima etapa, camino del mítico Alpe D’Huez, el Movistar comenzó a tensar la carrera. En la Croix de Fer, Alejandro Valverde apretó el paso. El Sky no se descompuso. Richie Porte y Poels marcaban el ritmo machacón que tanto le gusta llevar a su jefe de filas. Esa selección natural que arrebata a cualquiera las ganas de atacar. Pero Nairo Quintana, que era segundo en la general a 2.38 del que fuera escudero de Bradley Wiggins, tenía piernas. Cuando cazaron a Valverde, lo probó. Aún era demasiado pronto para que el demarraje cuajase.

En el Alpe D’Huez, con 21 giros por delante, Nairo lo volvió a intentar. Porte y Poels se lanzaron hacia su rueda, pero entonces Froome les advirtió de que el artilugio del manillar le decía que si continuaba ese derroche de energía, terminaría fundido. Al colombiano lo esperaba su compatriota Anaconda un kilómetro más adelante. Dio todo lo que tenía hasta que se apartó para que Quintana pusiese en jaque el maillot amarillo. En la cima, un minuto y 26 segundos de diferencia entre los dos. Se había quedado a tan solo un minuto y 12 segundos de hacerse con la general.

Tras esa etapa, la penúltima del pasado Tour, emergió en el Sky la preocupación por la forma explosiva en la que había acabado Nairo. Tenían claro que si Movistar lo hubiese intentado con la misma insistencia algunas jornadas antes, la prueba de tres semanas podría haber tenido otro ganador. Por eso, Froome pasó al ataque. Incluso en lugares donde parecía inverosímil. Como en el descenso del Peyersourde, donde su alocada embestida fue más propia de un cazafortunas que del principal favorito a la gloria en París. Luego se dio cuenta de que para ganar no le habría hecho falta esa heroicidad. A Quintana se le agarrotaron las patas. Y el resto bastante hacía con seguir a Landa, Nieve, Henao, Poels,... Nada más y nada menos. 

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