El legado irrenunciable

José M. Fernández PUNTO Y COMA

DEPORTES

25 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Acontracorriente, haciendo uso de ese sorprendente cambio de ritmo que exhibió en su carrera como futbolista. Así se ha ido Johan Cruyff, de manera inesperada, solo unos cuantos días después de hacer público que iba ganando al cáncer. El adiós del hombre que más ha influido en el balompié en el último medio siglo, del futbolista que se adelantó a la modernidad, del entrenador que nos descubrió que había otras formas de practicar el fútbol sin maltratar la pelota.

Con el balón en los pies, el holandés ha sido quizá el único futbolista capaz de resistir la comparación con los grandes, con los monstruos llegados del otro lado del Atlántico: Pelé, Di Stefano, Maradona, ¿Messi?

Como entrenador fue capaz de cambiar la mirada del fútbol. Antes del Brasil del 82, un pequeño país, Holanda, ya había descubierto que se podía pasar a la historia sin ganar, que era posible sobrevivir a dos derrotas en sendas finales de la Copa del Mundo. Nadie mejor que Johan Cruyff para transmitir que la derrota también puede ser soportable, incluso bella, aunque para ello era necesario estar imbuido de esa arrolladora personalidad que le impulsó a liderar la lucha por el profesionalismo de los futbolistas holandeses, adueñarse de su destino para fichar por el Barcelona o revolucionar un fútbol anquilosado.

Cruyff nos reconcilió con el fútbol tras el hartazgo de catenaccio y de las atávicas apelaciones a la furia, generadora de aburrimiento y frustraciones. En su caso, un coleccionista de títulos, su legado está muy por encima de su palmarés. Cruyff está en la génesis del Barça actual y en la creación de un estilo que acabó incluso por convencer a Luis Aragonés de que sin «condición física de base» se podía competir con los mejores.

Entendía el balompié como un juego de habilidad, como la suma de talento alrededor de un balón y un espectáculo para disfrutar. A las teorías de Rinus Mitchell, Cruyff, como discípulo aventajado, le añadió la inquebrantable voluntad del fútbol ofensivo, del juego sencillo - «controlar y pasar»- y combinativo. Talento, belleza, espectáculo... Algo ya irrenunciable.