Nadie recuerda un Chelsea en una posición tan discreta a estas alturas de la competición. Con un colchón de solo un punto sobre el descenso después de haberse disputado un tercio largo de la Premier. Y mucho menos desde que el conjunto londinense se mueve a golpe de la cartera de Abramóvich. Al magnate ruso no le llegó con tropezar con the special one en una ocasión; asistió a la abrupta huida de Mou del Inter _eso sí, tras ganar la Champions- y fue un espectador más del lio que el portugués formó en la Liga española y en un Real Madrid con el que rompió su compromiso antes de tiempo. Ni por esas. Abramovich volvió a picar.
Mou ha empeorado su peor versión al enfrentarse directamente con la médico del club -a la que señaló por saltar al campo para atender a Hazard cuando su equipo iba perdiendo-, con la prensa londinense -más condescendiente con sus salidas de tono que la española- y, ahora, con la plantilla, a la que acusó directamente de traición y de no seguir sus directrices. Falta dar por finiquitado su idilio con la grada, pero todo se andará. El ambiente blue está aún más contaminado después de que Mou, en un alarde más de soberbia que de una pretendida ironía, se atreviera a reflexionar en voz alta sobre sí mismo. «O la temporada pasada llevé a miss jugadores a un nivel que no es el el suyo o en la actual están muy mal». Mourinho.