Marta y sus dos carreras


Al final, Marta Domínguez, tan escurridiza dentro y fuera de la pista de atletismo, acabó atrapada por su propia mentira. Aunque la sanción ha sido una auténtica prueba de fondo. Ha tardado años. Demasiados para aquellos que han visto en directo cómo los gendarmes se llevaban detenido a un ciclista por dopaje justo después de subir un puerto en el Tour de Francia. Demasiados para las atletas que han estado compitiendo con la española. Demasiados en general y en particular. Domínguez parecía intocable. Es lógico que ella también lo creyera. El tiempo iba dándole la razón. Rodaban otras cabezas mientras mantenía muy alta la suya. Y ni siquiera se conformaba con eso. Carrera sobre el tartán y carrera política. Como defendiendo su estatus de símbolo, de autoridad. Con ese gesto duro, casi temible, que quizás recuerda a aquel Lance Armstrong de piedra, el que parecía pedalear sobre las aguas, el que mandaba en el pelotón y todavía no había confesado. Pero todo llega. Y el balance es que la sombra no solo deja en la zona oscura a Marta Domínguez. Alcanza a todo el sistema, que ha tenido caminos inescrutables para este caso, con operaciones antidopaje en las que se perdían nombres ilustres como si los sumarios fueran aguas movedizas, con exculpaciones preventivas, con seudónimos intercambiables, con cierres en falso. La condena acabó llegando desde fuera de España. Una buena noticia. Y una mala también.

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