Un grandísimo campeón y un malísimo perdedor


Polémicas a un lado, Jorge Lorenzo ha sido un justo campeón del mundo. El piloto de origen gallego ha logrado más victorias que nadie (siete) y solo el fallo de Misano le ha tenido a rebufo de Valentino Rossi. Il Dottore ha hecho tanto ruido en las últimas carreras que ha estado a punto de eclipsar una realidad mensurable, que Lorenzo le ha superado desde que en el 2008 ambos empezaron a verse las caras.

El mallorquín cerró ayer con victoria su octava participación en la máxima cilindrada del motociclismo. En cinco de ellas se ha clasificado por encima de Valentino. Ha logrado más victorias en grandes premios y ha conseguido muchísimas más poles. No habrá despertado más simpatías, no habrá dado más espectáculo, pero ha ganado más y eso son palabras mayores. Algo tendrá Lorenzo cuando puede con Rossi.

Su carácter inmaduro y antipático de los primeros años le llevó a estar varios peldaños por debajo del carisma del italiano. Quizá por eso, incluso dentro de España, tiene menos apoyos que Rossi. A Lorenzo le costó forjarse una personalidad definitiva. Sus impostadas celebraciones contrastaban con la naturalidad con la que Vale se metía en el bolsillo a la parroquia de cada circuito hiciera la tontería que hiciera tras ganar un Gran Premio. Jorge planificaba hasta el momento de sus sonrisas y eso lo captaba el gran público, con el que no conectaba.

Pero detrás de la superficie, uno puede encontrar todos los condimentos de un grandísimo campeón. Perfeccionista, perseverante, irreductible, ganador, trabajador, profesional, rapidísimo e inteligente. Y mucho más. Lorenzo se forjó desde la infancia, con la obsesión de su padre Chicho por convertirlo en campeón del mundo. La ilusión del padre pronto se adueñó del chaval, quien hoy, sin duda, tiene a quien agradecer sus cinco campeonatos del mundo y ser uno de los grandes deportistas de todas las modalidades del planeta. No tuvo una infancia como la de un niño normal, pero va a tener una vida como muy pocos podrán tener.

Pero además, el Lorenzo de la madurez añadió a sus virtudes un comportamiento ético digno de destacarse en plena tormenta entre Rossi y Márquez. Después de varios incendios que montó en su juventud, Lorenzo se convirtió en un adalid del juego limpio sobre la pista. Por eso se enfrentó a Márquez antes que Valentino. Y por eso se indignó con Il Dottore cuando comenzó su campaña de presión.

La derrota de Rossi ha sido doble. Por un lado, ha perdido en la pista; pero también en deportividad. Ayer, el italiano volvió a la carga contra Márquez, dejando escapar una gran ocasión de dar un ejemplo a la altura de su leyenda. Prefirió restar al ganador todo el mérito de su conquista y atribuir su título a la acción de un tercero, Márquez. Y dado el predicamento que tiene, ha conseguido meter esa idea en buena parte de la afición.

Ganar sabe todo el mundo, pero estar a la altura en las derrotas es otra cosa.

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