En una noche fría de noviembre de 1980 arrancó la leyenda de Roberto Mano de Piedra Durán. Durante el octavo asalto de su pelea con Sugar Ray Leonard, el boxeador panameño levantó la mano con un gesto que parecía indicar que no quería seguir adelante. Se detuvo el combate, pero nunca llegó a cerrarse una versión que explicase los motivos de esa misteriosa interrupción. Aquel momento desconcertante supuso el comienzo del declive del, tal vez, mejor peso ligero de todos los tiempos. Con más kilos en su achatada cara, de rasgos inequívocamente latinos, y canas salpicando su cabello negro, Durán continuó subiéndose a un ring hasta el 2001. Durante esta última etapa, en la conferencia de prensa previa a cada compromiso, siempre había una pregunta relacionada con su edad, siempre se le cuestionaba si no era demasiado mayor para enfrentarse a los jóvenes talentos.
Poco antes de ganar su tercer Mundial en el 2013, cuando los hermanos Brownlee se desplegaban sobre cada prueba como un huracán, Javier Gómez Noya tuvo la sensación de que se empezaba a hablar de él como de una figura del pasado. Su nombre incluso sonaba a pretérito cuando lo presentaban sobre el pontón, a un palmo del agua, el elemento que catalizó una carrera plagada de éxito. La explosividad de una nueva generación de veinteañeros liderada por los británicos había borrado del mapa a la vieja guardia. Pero Gómez Noya no aflojó, no hincó la rodilla. Mantuvo su inigualable determinación para competir en cualquier terreno y distancia. Apenas se baja del podio y, con dos títulos más en el bote, ya tiene el quinto a tiro de una gran final. Porque, como decía Mano de Piedra Durán, quizás esto no es solo una cuestión de edad: «Viejo es el viento... y sopla».