REDACCIÓN / LA VOZ

Bobby Jones encadenó los cuatro principales torneos de la época en 1930, sí, pero ese logro aún no era entonces considerado la cima sublime del golf. Recibió ese nombre después como canon de excelencia. Desde hoy Jordan Spieth, vencedor del Masters de Augusta y el US Open, afronta la tercera parada del desafío en su versión moderna (Canal + Golf, 10.00). Pisa las huellas de otros cinco mitos que vivieron un vértigo similar. Su reto en el Open Británico en St. Andrews, como rival a batir frente a otros 155 jugadores, anima a repasar los matices que hacen diferente cada intento de lograr la excelencia.

El Grand Slam Primitivo

Bobby Jones, el amateur. Bobby Jones, el eterno aficionado porque consideraba el golf un placer y no un trabajo, alcanzó la cima del golf al ganar los campeonatos Británico y de Estados Unidos tanto amateurs como profesionales en 1930. ¿Cómo calificar aquella hazaña? Quedó bautizada luego por el periodista O. B. Keeker, del Atlanta Journal, con un término del bridge. Había nacido el Grand Slam, aunque Jones lo alcanzó antes sin saber que tocaba el culmen de su deporte.

La etapa postmasters

Craig Wood y el British parado por la Guerra. Con los años y el desarrollo del profesionalismo fue cambiando el prestigio de los torneos. El Western Open se consideraba una de las cimas del golf a principios del siglo XX. Pero el Masters de Augusta, nacido en 1934, pronto se convirtió en el acontecimiento de la primavera. Craig Wood encadenó los títulos en el Masters y el US Open en 1941. El British no se jugó por la Segunda Guerra Mundial y en el PGA, entonces por match play, Wood perdió en dieciseisavos. Adiós.

La triple corona

El doblete de Ben Hogan, que no pudo ir a dos sitios a la vez. Dotado con el swing que fijó el ideal del golf, Ben Hogan también enlazó triunfos en el Masters y el US Open. Dos veces. La primera, en 1951, no llegó a jugar los otros dos majors. Y la segunda, en 1953, representa uno de los años más brillantes de la historia del golf. Pero lograr entonces lo que sería luego el Grand Slam moderno era inverosímil. Porque Hogan no tenía el don de la ubicuidad y el Campeonato de la PGA y el Open Británico -las citas que completarían el futuro canon- coincidían en fechas y alteraban ligeramente su orden actual. En Estados Unidos se jugaba del 1 al 7 de julio, y en Carnoustie, del 6 al 10. Hogan descartó la cita americana, porque entonces se celebraba en match play, que no era su fuerte, y exigía varios días de dos rondas de 18 hoyos, demasiado para sus 40 años tras haber sufrido el gravísimo accidente de automóvil que en 1939 casi le deja postrado. El título en Carnoustie le dio la Triple Corona, un acontecimiento, con desfile triunfal en coche descapotable por Nueva York a su regreso. Hogan fue el único hasta la fecha que, como campeón del Masters y el US Open, venció en el British, aunque aquel no era el tercer grande, sino el cuarto del año, y no lo afrontaba con la presión de ir hacia el Grand Slam como todos le recuerdan hoy a Spieth.

Se inventa el Grand Slam

Arnold Palmer idea la versión actual entre copas y humo. Con valentía y carisma, en 1960 Arnold Palmer no solo transformaba el golf en un enorme espectáculo gracias a la popularización de la televisión. También fue hábil para inventar el concepto del moderno Grand Slam. Cuenta en su autobiografía, A Golfer?s Life, que lo ideó en un vuelo camino de St. Andrews como campeón del Masters y el US Open. En aquel viaje entre humo y vasos de whisky, compartió con el periodista Bob Drum la frustración de que nadie pudiese lograr ya el culmen de Bobby Jones, pues un amateur difícilmente ganaría los dos campeonatos de EE. UU. y el Reino Unido de aficionados y de profesionales. Así que soltó: «¿Por qué no creamos un nuevo Grand Slam?» Incluiría los dos majors que había ganado, el British al que volaba y el PGA. Drum compartió la idea con la prensa británica y la expresión acabó calando. Pero Palmer fue segundo aquel año a un golpe de Kel Nagle y frustró su sueño.

Un reto sin concretar

Tampoco Nicklaus lo alcanzó. Palmer ponía el carisma de la época y Jack Nicklaus levantaba más trofeos, hasta 18 grandes. Pero Nicklaus nunca enlazó los cuatro en un mismo año. En 1972 aterrizó en Muirfield como ahora Spieth, flamante ganador de los dos primeros majors del año. E, igual que a Palmer, le sobró tan solo un golpe, el margen por el que le ganó Lee Trevino.

Sin opciones

Woods, tan cerca y tan lejos. Tiger Woods creó su particular Grand Slam, pero no el original. Encadenó el US Open, el British, el PGA y el Masters, pero entre junio del 2000 y abril del 2001, no en un mismo año. Esa oportunidad la dejó a medias en el 2002, tras un triunfo en Augusta y otra victoria en el US Open de Bethpage. Pero una pobrísima tercera ronda en Muirfield le arruinó el British y fue vigésimo octavo.

El presente

Spieth, Fowler, el tiempo... ¿Y Spieth? El domingo celebró su victoria en el John Deere Classic, cuarto título en cuatro meses, y voló a St. Andrews. Siente, como Nicklaus y Woods, el peso de la historia, aunque todavía se trate de la tercera de las cuatro paradas del Grand Slam. Todas las miradas se posan en él. Ha eclipsado por fin el destello de un Woods crepuscular. La baja de Rory McIlroy, lesionado en el tobillo mientras jugaba al fútbol, convierte en su principal rival a Rickie Fowler, que también ganó el domingo el Abierto de Escocia y vive el momento de su vida. La presión, el tiempo cambiante en St. Andrews, los ataques de los rivales y la dificultad de debutar en la cuna del golf completarán el desafío de Spieth.

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Spieth pisa las huellas de los mitos