Dos «mvp» totalmente opuestos


Mide la final de la NBA dos jugadores estrellas diametralmente opuestos. Desde el inicio de sus carreras. El Rey, LeBron James frente al mejor pistolero de la Liga, Stephen Curry. Dos formas bien distintas de liderar a sus equipos, Cleveland y Golden State. Y los une una circunstancia inusual en un país gigantesco como Estados Unidos, ambos nacieron en la misma ciudad, Akron (Ohio).

La sonrisa de la temporada es de largo para Curry, hijo del mítico jugador Dell Curry, tiene en su puntería finísima su mejor arma. Basa su juego en aunar los esfuerzos de sus compañeros, de hacerlos felices, de que se sientan cómodos en las normas que impone el novato Steve Kerr. Busca siempre el bien colectivo, aunque para ello asuma muchos tiros. Todos saben de su necesidad.

Se siente cómodo dándole un papel importante a otro tirador, Klay Thompson, y en esa pareja reside la fuerza de unos Warriors que han hechizado a muchos seguidores a lo largo de toda esta temporada. Formado en una universidad muy estricta (Davidson, la cual visité hace medio año) su velocidad supersónica en el diseño del tiro, lo hace una máquina imparable. Realmente, Curry ofrece lo que cualquier niño desea: ser infalible cada vez que miras el aro.

Y qué decir de LeBron. Regresó a Cleveland con este objetivo. Tenía una cuenta pendiente. Es la quinta final consecutiva. Dejó atrás el mar de Miami para envolverse en una capa de guerrero y devolver la ilusión a su ciudad. James es la síntesis del básket moderno: un físico sobrenatural, lleno de talento. Asume todo el protagonismo. Protege a su camada. Para bien o para mal, lo pone todo sobre sus espaldas. Incluida su relación con otro técnico novato: David Blatt. Al inicio escuché mucho que iba a fracasar, porque el juego en Europa nada tiene que ver con la NBA. Pues ahí está.

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Dos «mvp» totalmente opuestos