Los porteros saben que su suerte no es la misma que la de los jugadores de campo. Si un delantero marra un gol, como le sucedió a Bale en el mano a mano con Oblak, la vida sigue. Si un arquero se come un balón, el mundo se viene encima.
Sea como fuere, buena parte del empate sin goles del Calderón hay que apuntarlo en el haber del guardameta rojiblanco, el mejor de los veintidós en la primera mitad. Salvo en esa acción del galés, no es que se viese muy exigido. Pero el Real Madrid llegó con bastante facilidad y tuvo sus oportunidades. En todas se encontró con Oblak, que recordó a la mejor versión de Courtois. Paró las que tenía que parar, sin concesiones.
El Atlético se encomendó a la inspiración de su portero y a una buena administración de los tiempos, porque supo jugar con el reloj. En la primera parte, sin balón, no fue el equipo que aprieta más que unos zapatos castellanos para buscar una recuperación rápida. Pero supo juntar las líneas. Lo que apretó fueron los dientes. En la segunda, equilibró el tiempo de posesión. Y, en el momento en el que al conjunto blanco empezaron a pesarle los minutos y el desgaste, buscó con más determinación el tanto que hubiese sido un duro mazazo. En cualquier caso, y a tenor de como se desarrolló el partido, los colchoneros probablemente darán por bueno el empate sin goles, mientras que el Real Madrid lamentará los excesos de generosidad de Benzema y, una vez más, la escasa presencia de Cristiano Ronaldo en un día grande. En las pequeñas batallas el portugués no tiene rival. Pero van pasando las temporadas y sus expedientes en los partidos de enjundia no acaban de acompañarle.
Quedan los noventa minutos y lo más factible es que sean una continuación de los del Calderón, con un Atlético pendiente de no encajar y de seguir jugando con el reloj, con un Real Madrid menos calculador.