En medio del cisma abierto por la esperpéntica venta del accionariado, en la guerra civil no declarada en la afición, el partido con el Mallorca convirtió al Anxo Carro en un feudo plebiscitario. Menos mal que los profesionales rojiblancos, no acusaron el debate de la grada, y aprovecharon con una profesionalidad que les honra la pintiparada ocasión de la expulsión de Saborit por el penalti cometido sobre el indomable Caballero, un killer que no solo aporta un remate portentoso de cabeza, sino una movilidad y pelea que le convierten en incomodísimo vecino para los centrales. El propio Caballero no tuvo piedad de Cabrero en la ejecución de la pena máxima, no demasiado ortodoxa, pero suficiente para abrir la lata. Con el 1-0 y 78 minutos por delante de superioridad numérica, el Lugo subió sus biorritmos a tope y acabó por componer una sinfonía ofensiva inolvidable, partiendo de la batuta de un Pita imperial, moviendo de una banda a otra el cuero y proyectándose por los flancos Iriome y Toni. Con el descanso encima, los lucenses se dedicaron a conservar el balón, más preocupada de no perder la posesión que de buscar las redes de Cabrero. En medio, las peñas rojiblancas alimentaban desde la grada norte la oposición frontal a Saqués, mientras incitaban al resto de las gradas a los discrepantes para que mutasen sus tímidos silbidos por una adhesión masiva. De manera que el «Tino no te queremos» no ofrecía unanimidad, mientras el estribillo del «Quique quédate» hallaba el orfeón mayoritario. Con una nueva y postrera intervención de robo y derribo de Caballero, el segundo penalti que cerrase la goleada más amplia del Lugo en esta Liga, lo ejecutó a modo reivindicativo el cuestionado Manu. El Lugo ha ganado mucho gol a partir de diciembre. Vista la permanencia a tiro de piedra, el debate está servido en medio de este cisma que amenaza las entrañas del club y a los propios aficionados. Si la garantía ya la tenemos en casa, ¿cómo se prolonga con otros protagonistas? El dilema está servido.