Ancelotti fue quesero antes que entrenador del Madrid. La afirmación no resulta superflua, pues el club blanco no cultiva precisamente la paciencia entre sus virtudes (no hace falta remontarse a la época de Antic para recordar un despido cuando el equipo era líder o acordarse del linchamiento a Pellegrini desde la mismísima pretemporada) y el queso parmesano, el que se elabora en su región de origen en Italia, requiere una larga maduración, dicen que de unos 24 meses aproximadamente, antes de su puesta a la venta en los mercados, que se lo devoran literalmente. Pero en el gran teatro del futbol, cada vez más alejado del deporte, no todo fluye con el motor único del paso del tiempo. Como diría el padre de Ancelotti, también hay que apretar la teta de la vaca. O como diría el mío, o amor é lume, pero nel non ferve o caldo. Por eso a Ancelotti, tan poco dado a la estridencia como conocedor de las exigencias de los grandes clubes, no le basta con esa experiencia de exfutbolista cuajada en mil batallas, ni con esa ceja enarcada a punto de caérsele de la cara en un ángulo imposible. El sol vuelve y, de la mano, la recta final de la temporada, cuando Ancelotti, pero también Luis Enrique, Simeone, Víctor Fernández, Berizzo y todos los demás tendrán que abrir el queso.