Convencer a todo un país


Tampoco está mal que en el fútbol no siempre ganen los mejores. Parte de su magnetismo radica en que un empate bañado en sudor y refriegas, sin apenas ocasiones, puede atraer mucho más que una malleira de dibujos animados. Por eso la bipartidista liga española, con el Atlético como bisagra, aburre durante tantas tardes de invierno. Demasiados marcadores conocidos de antemano, en los que, sin la tensión dramática del marcador, Arsenio Iglesias busca en otro canal una película de vaqueros. En el 2015 al que llega Marty McFly en el Delorean, la tecnología para arbitrar los encuentros entra a cuentagotas porque, dicen los que prefieren el debate a la justicia, suprimiría la salsa de la cháchara, la queja y el debate perpetuo alrededor del último partido del siglo. Así que para avivar más polémicas, el Balón de Oro y el resto de trofeos que le acompañan, en la gala más fastuosa (y aburrida) del planeta fútbol, se deciden según 20 crípticas palabras que valen para todo: «Los premios se otorgan de acuerdo con la actuación y el comportamiento general dentro y fuera del terreno de juego».

¿Cómo valorar el respeto que infunde el inteligente caballero Ancelotti, que en cuatro tardes había devuelto el orgullo de madridista a miles de merengues avergonzados por el macarra de su predecesor? ¿Cómo negarle a Mou -ausente este año siquiera de la terna- la capacidad de insuflar ardor guerrero, casi odio, en su tropa? ¿Cómo no admitir la astucia de Simeone para explotar hasta el último aliento una plantilla más notable que irrepetible? La FIFA permite que el debate, cualquier debate, siga girando día tras día, como la pelota. Porque premia «el comportamiento general dentro y fuera del terreno de juego».

Como en la elección de un Papa, ahora es libre interpretar los méritos que apreciaron en Low un periodista asiático y un capitán de selección sudamericana. Coherencia no se le puede negar al seleccionador alemán, que agradeció el premio igual que entrena. Todos son importantes y ninguno parece imprescindible. En un discurso creíble y elegante, se acordó del árbol genealógico de su idea futbolística. Que no tiene tantas ramas, pero que incluye a Jurgen Klinsmann como profeta y abarca hasta ese último colaborador con los juveniles. Entre todos no solo cambiaron a un equipo, sino a un país, a una potencia que había sido (algunas veces) campeona con el corsé de un juego físico y que ahora abraza la lírica del fútbol coral.

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