El rastro oscuro del «preparatore»

Antón Bruquetas REDACCIÓN / LA VOZ

DEPORTES

GIORGIO BENVENUTI

La Fiscalía de Padua estrecha el círculo sobre el doctor Ferrari, el hombre que asesoraba a Lance Armstrong y al que persigue por fraude fiscal y blanqueo

11 dic 2014 . Actualizado a las 12:57 h.

Hubo un tiempo donde en el pelotón se extendió la idea de que las carreras las ganaría el equipo que mejor médico tuviese y que contase con corredores suficientemente predispuestos para someterse a los tratamientos de una voz científica, a la que le daban carácter prácticamente divino. Entre esos hombres capaces de elevar a un deportista por encima de lo humano, Michele Ferrari (Ferrara, 1953) era el número uno. Corredor y ciclista aficionado, dicen quienes han tratado al médico cara a cara que embaucaba a cualquier interlocutor gracias a un rigor y meticulosidad impecables en los razonamientos que utilizaba para defender sus métodos de entrenamiento. No en vano, aseguran que le encanta nadar en datos y eso hace dos décadas, cuando saltó al mundo de las dos ruedas, ya era de por sí un avance. Pero además, según los informes de la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (Usada) y el que estos días se está conociendo de la Fiscalía de Padua, era también un maestro en el uso de las sustancias prohibidas. Con la ayuda de epo, hormona de crecimiento, testosterona y cortisona, moldeó sin ir más lejos a Lance Armstrong. Sin embargo, aquella descomunal trampa que se prolongó durante siete Tours precipitó su caída. Hizo emerger el entramado que había edificado en torno al dopaje y que le habría reportado cuantiosos beneficios -ahora está acusado de blanqueo de dinero y fraude fiscal por la Justicia italiana-. Aunque tal era el grado de apego de sus clientes a sus programas, que ni siquiera cuando la verdad salió a la luz quisieron cortar la relación con el preparatore (él se define como algo más que un simple médico, como algo más cercano a un entrenador personal), con quien comparó la peligrosidad del consumo de epo con la ingesta de zumo de naranja.

Su aterrizaje en el ciclismo ya fue a lo grande, en un proyecto llamado a ingresar en la historia. Participó en el intento de récord de la hora de Francesco Moser en 1984. El italiano atacaba la marca del legendario Eddy Merckx y, por su puesto, la batió. A partir de entonces, Ferrari comenzó a trabajar como médico del Gis Tuc Lu de Moser. Permaneció en la formación transalpina hasta 1994. Durante ese época empezó también a asesorar de forma individual a nuevas figuras del pedal. Entre ellas, se centró especialmente en Tony Rominger. Consideraba al suizo, el candidato idóneo para ganar la mejor prueba ciclista del planeta, el Tour de Francia que monopolizaba Miguel Induráin. «Creo que para trabajar con deportistas de élite lo primero que hay que hacer es edificar un marco de confianza. No les puedes dar una tabla de entrenamientos y pretender que la sigan sin sentir un estrecho vínculo contigo», comentaba en una de las pocas entrevistas que ha concedido Ferrari. «Por ejemplo, con Rominger nos íbamos en invierno las dos familias a entrenar a algún lugar con calor y allí trabajábamos en las cosas en las que debíamos progresar. Así se creaban los lazos de confianza necesarios para que se fíen de mí», destacaba el médico cuya nómina de adeptos no paró de crecer en aquella época.

Sobre todo, después de que en 1994 lo señalasen como el artífice de la Gewiss que colocó a tres de sus corredores en el podio de la Flecha Valona. Habían culminado una escapada de 71 kilómetros. Desde la cima del muro de Huy, Argentin, Furlan y Berzin sembraron el pánico. Pero nada comparable con la era Armstrong, que estaba a punto de llegar.